miércoles, 24 de abril de 2013

domingo, 31 de marzo de 2013

Sor Maria de Jesus de Agreda: Mistica Ciudad de Dios, Libro sexto, Capitulos 26 y 27

CAPITULO 26

La resurrección de Cristo nuestro Salvador y el aparecimiento que hizo a su Madre santísima con los santos padres
del limbo.


1466. Estuvo el alma santísima de Cristo nuestro Salvador en el limbo desde las tres y media del viernes a la tarde
hasta después de las tres de la mañana del domingo siguiente. A esta hora volvió al sepulcro, acompañado como
príncipe victorioso de los mismos Ángeles que llevó y de los Santos que rescató de aquellas cárceles inferiores como
despojos de su victoria y prendas de su glorioso triunfo, dejando postrados y castigados sus rebeldes enemigos. En el
sepulcro estaban otros muchos Ángeles que le guardaban, venerando el sagrado cuerpo unido a la divinidad. Y algunos
de ellos, por mandado de su Reina y Señora, habían recogido las reliquias de la sangre que derramó su Hijo santísimo,
los pedazos de carne que le derribaron de las heridas y los cabellos que arrancaron de su divino rostro y cabeza, y todo
lo demás que pertenecía al ornato y perfecta integridad de su humanidad santísima; que de todo esto cuidó la Madre de
la prudencia, y los Ángeles guardaban estas reliquias, gozoso cada uno con la parte que le alcanzó a cogerla. Y primero
que otra cosa se hiciese, se les manifestó a los Santos Padres el cuerpo de su Reparador, llagado, herido y desfigurado,
como le puso la crueldad de los judíos. Y reconociéndole así muerto le adoraron todos los Patriarcas y Profetas con los
otros Santos y confesaron de nuevo cómo verdaderamente el Verbo humanado tomó sobre sí nuestras enfermedades y
dolores (Is 53, 4) y pagó con exceso nuestra deuda, satisfaciendo a la justicia del Eterno Padre lo que nosotros
merecíamos, siendo Su Majestad inocentísimo y sin culpa. Allí vieron los primeros padres Adán y Eva el estrago que
hizo su inobediencia y el costoso remedió que habla tenido y la inmensa bondad del Redentor y su gran misericordia.
Los Patriarcas y Profetas conocieron y vieron cumplidos sus vaticinios y esperanzas de las promesas divinas. Y como
en la gloria de sus almas sentían el efecto de la copiosa redención, alabaron de nuevo al Omnipotente y Santo de los
Santos que por tan maravilloso orden de su sabiduría la había obrado.
1467. Después de esto, a vista de todos aquellos Santos, por ministerio de los Ángeles fueron restituidas al
sagrado cuerpo difunto todas las partes y reliquias que tenían recogidas, dejándole con su natural integridad
y perfección. Y al mismo instante el alma santísima del Señor se reunió al cuerpo y juntamente le dio inmortal vida y
gloria. Y en lugar de la sábana y unciones con que le enterraron, quedó vestido de los cuatro dotes de gloria, claridad,
impasibilidad, agilidad y sutileza. Estos dotes redundan en el cuerpo deificado de la inmensa gloria del alma de Cristo
nuestro bien. Y aunque se le debían como por herencia y natural participación desde el instante de su concepción,
porque desde entonces fue glorificada su alma santísima y estaba unida a la divinidad toda aquella humanidad
inocentísima, pero suspendieron se entonces sin redundar en el cuerpo purísimo, para dejarle pasible y que mereciese
nuestra gloria, privándose de la de su cuerpo, como en su lugar queda dicho (Cf. supra n. 147). Y en la
resurrección se le restituyeron de justicia estos dotes en el grado y proporción correspondiente a la gloria del alma y
a la unión que tenía con la divinidad. Y como la gloria del alma santísima de Cristo nuestro Señor es incomprensible e
inefable para nuestra corta capacidad, también es imposible explicar enteramente con palabras y con ejemplos la gloria
y dotes de su cuerpo deificado; porque respecto de su pureza es oscuro el cristal, la luz que contenía y despedía excede
a los demás cuerpos gloriosos, como el día a la noche y más que mil soles a una estrella, y toda la hermosura de las
criaturas, si se juntara en una, pareciera fealdad en su comparación, y no hay símil para ella en todo lo criado.
1468. Excedió grandemente la excelencia de estos dotes en la resurrección a la gloria que tuvieron en la
transfiguración y en otras ocasiones que Cristo Señor nuestro se transfiguró, como en el discurso de esta Historia se ha
dicho (Cf. supra n. 695, 851, 1099); porque entonces la recibió de paso y como convenía para el fin que se
transfiguraba, pero ahora la tuvo con plenitud para gozarla eternamente. Y por la impasibilidad quedó invencible de
todo el poder criado, porque ninguna potencia le podía alterar ni mudar. Por la sutilidad quedó tan purificada la materia
gruesa y terrena, que sin resistencia de otros cuerpos se podía penetrar con ellos como si fuera espíritu incorpóreo, y
así penetró la lápida del sepulcro sin moverla ni dividirla, el que por semejante modo había salido del virginal vientre
de su purísima Madre. La agilidad le dejó tan libre del peso y tardanza de la materia, que excedía a la que tienen los
Ángeles inmateriales, y por sí mismo podía moverse con más presteza que ellos de un lugar a otro, como lo hizo en las
apariciones de los Apóstoles y en otras ocasiones. Las sagradas llagas que antes afeaban su santísimo cuerpo quedaron
en pies, manos y costado tan hermosas, refulgentes y brillantes, que le hacían más vistoso y agraciado, con admirable
modo y variedad. Con toda esta belleza y gloria se levantó nuestro Salvador del sepulcro y en presencia de los Santos y
Patriarcas prometió a todo el linaje humano la resurrección universal como efecto de la suya en la misma carne y
cuerpo de cada uno de los mortales y que en ella serían glorificados los justos. Y en prendas de esta promesa y como
en rehenes de la resurrección universal, mandó Su Majestad a las almas de muchos Santos que allí estaban se juntasen
con sus cuerpos y los resucitasen a inmortal vida. Al punto se ejecutó este divino imperio y resucitaron los cuerpos que
anticipando el misterio refiere San Mateo (Mt 27, 52). Y entre ellos fueron Santa Ana, San José y San Joaquín, y otros
de los antiguos padres y patriarcas que fueron más señalados en la fe y esperanza de la Encarnación y con mayores
ansias la desearon y pidieron al Señor. Y en retorno de estas obras se les adelantó la resurrección y gloria de sus
cuerpos.
1469. ¡Oh cuan poderoso y admirable, cuán victorioso y fuerte se manifestaba ya este león de Judá, hijo de David!
Ninguno se desembarazó del sueño con más presteza que Cristo de la muerte. Y luego a su imperiosa voz se juntaron
los huesos secos y esparcidos de aquellos envejecidos difuntos, y la carne que ya estaba convertida en polvo se renovó,
y unida con los huesos restauró su antiguo ser, mejorándolo todo los dotes de la gloria que participó el cuerpo del alma
glorificada que les dio vida. Quedaron en un instante todos aquellos Santos resucitados en compañía de su Reparador,
más claros y refulgentes que el mismo sol, puros, hermosos, transparentes y ligeros para seguirle a todas partes, y nos
aseguraron con su dicha la esperanza de que en nuestra misma carne y con nuestros ojos y no con otros veríamos a
nuestro Redentor, como lo profetizó Santo Job (Job 19, 26) para nuestro consuelo. Todos estos misterios conocía la
gran Reina del cielo y participaba de ellos con la visión que tenía en el cenáculo. Y en el mismo instante que el alma
santísima de Cristo entró en su cuerpo y le dio vida, correspondió en el de la purísima Madre la comunicación del
gozo, que en el capítulo pasado dije (Cf. supra n. 1463) estaba detenido en su alma santísima y como represado en ella
aguardando la resurrección de su Hijo santísimo. Y fue tan excelente este beneficio, que la dejó toda transformada de
la pena en gozo, de la tristeza en alegría y de dolor en inefable júbilo y descanso. Sucedió que en aquella ocasión el
Evangelista San Juan fue a visitarla, como el día de antes lo había hecho (Cf. supra n. 1463), para consolarla en su
amarga soledad, y encontróla repentinamente llena de resplandor y señales de gloria a la que antes apenas conocía por
su tristeza. Admiróse el Santo Apóstol y, habiéndola mirado con grande reverencia, juzgó que ya el Señor sería
resucitado, pues la divina Madre estaba renovada en alegría.
1470. Con este nuevo júbilo y las operaciones tan divinas que la gran Señora hacía en la visión de tan soberanos
misterios, comenzó a disponerse para la visita, que estaba ya muy cerca. Y entre los actos de alabanzas, cánticos y
peticiones que hacía nuestra Reina, sintió luego otra novedad en sí misma sobre el gozo que tenía, y fue un género de
júbilo y alivio celestial, correspondiente por admirable modo a los dolores y tribulaciones que en la pasión había
sentido; y este beneficio era diferente y más alto que la redundancia de gozo que de su alma resultaba como
naturalmente en el cuerpo. Y tras de estos admirables efectos sintió luego otro tercero y diferente beneficio que la
daban, de nuevos y divinos favores. Y para esto sintió que la infundían nuevo lumen de cualidades que preceden a la
visión beatífica, en cuya declaración no me detengo, por haberlo hecho hablando de esta materia en la primera parte
(Cf. supra p. I n. 623). Y en esta segunda sólo añado que recibió la Reina estos beneficios en esta ocasión con más
abundancia y excelencia que en otras, porque ahora había precedido la pasión de su Hijo santísimo y los méritos que la
divina Madre adquirió en ella, y según la multitud de los dolores correspondía el consuelo de la mano de su Hijo omnipotente.
1471. Estando así prevenida María santísima, entró Cristo nuestro Salvador resucitado y glorioso, acompañado de
todos los Santos y Patriarcas. Postróse en tierra la siempre humilde Reina y adoró a su Hijo santísimo, y Su Majestad
la levantó y llegó a sí mismo. Y con este contacto —mayor que el que pedía la Magdalena de la humanidad y llagas
santísimas de Cristo (Jn 20, 17)— recibió la Madre Virgen un extraordinario favor, que sola ella le mereció, como
exenta de la ley del pecado. Y aunque no fue el mayor de los favores que tuvo en esta ocasión, con todo eso no pudiera
recibirle si no fuera confortada de los Ángeles y por el mismo Señor para que sus potencias no desfallecieran. El
beneficio fue que el glorioso cuerpo del Hijo encerró en sí mismo al de su purísima Madre, penetrándose con ella o
penetrándole consigo, como si un globo de cristal tuviera dentro de sí al sol, que todo lo llenara de resplandores y
hermoseara con su luz. Así quedó el cuerpo de María santísima unido al de su Hijo por medio de aquel divinismo
contacto, que fue como puerta para entrar a conocer la gloria del alma y cuerpo santísimo del mismo Señor. Y por
estos favores, como por grados de inefables dones, fue ascendiendo el espíritu de la gran Señora a la noticia de
ocultísimos sacramentos. Y estando en ellos oyó una voz que le decía: Amiga, asciende más alto (Lc 14, 10).—Y en
virtud de esta voz quedó del todo transformada y vio la divinidad intuitiva y claramente, donde halló el descanso y el
premio, aunque de paso, de todos sus trabajos y dolores. Forzoso es aquí el silencio, donde de todo punto faltan las
razones y el talento para decir lo que pasó a María santísima en esta visión beatífica, que fue la más alta y divina que
hasta entonces había tenido. Celebremos este día con admiración de alabanza, con parabienes, con amor y humildes
gracias de lo que nos mereció y ella gozó y fue ensalzada.
1472. Estuvo algunas horas la divina Princesa gozando del ser de Dios con su Hijo santísimo, participando su gloria
como había participado de sus tormentos. Y luego descendió de esta visión por los mismos grados que ascendió a ella,
y al fin de este favor quedó de nuevo reclinada sobre el brazo izquierdo de la humanidad santísima y regalada por otro
modo de la diestra de su divinidad (Cant 2, 6). Tuvo dulcísimos coloquios con el mismo Hijo sobre los altísimos
misterios de su pasión y de su gloria. Y en estas conferencias quedó de nuevo embriagada en el vino de la caridad y
amor que bebió en su misma fuente sin medida. Y todo cuanto pudo recibir una pura criatura todo se le dio a María
purísima abundantemente en esta ocasión, porque, a nuestro modo de entender, quiso la equidad divina recompensar el
como agravio —dígolo así porque no me puedo explicar mejor— que había recibido una criatura tan pura y sin mácula
de pecado padeciendo los dolores y tormentos de la pasión, que, como arriba he dicho muchas veces (Cf. supra n.
1236, 1264, 1274, 1287, 1341), eran los mismos que padeció Cristo nuestro Salvador, y en este misterio correspondió
el gozo y favor a las penas que la divina Madre había padecido.
1473. Después de todo esto, y siempre en altísimo estado, se convirtió la gran Señora a los santos patriarcas y
justos que allí estaban y a todos juntos y a cada uno de por sí reconoció por su orden y les habló respectivamente,
gozándose y alabando al Todopoderoso en lo que su liberal misericordia había obrado con cada uno de ellos. Con sus
padres San Joaquín y Santa Ana, con su esposo San José y con San Juan Bautista tuvo singular gozo y les habló
particularmente, luego con los Patriarcas y Profetas y con los primeros padres Adán y Eva. Y todos juntos se postraron
ante la divina Señora, reconociéndola por Madre del Redentor del mundo, por causa de su remedio y coadjutora de su
Redención, y como a tal la quisieron venerar [con culto de hiperdulía] con digno culto y veneración, disponiéndolo
así la divina Sabiduría. Pero la Reina de las virtudes y Maestra de la humildad se postró en tierra y dio a los santos la
reverencia que se les debía, y el Señor dio permiso para esto, porque los santos, aunque eran inferiores en la gracia,
eran superiores en el estado de bienaventurados con gloria inamisible y eterna, y la Madre de la gracia quedaba en vida
mortal y viadora y no había llegado al estado de comprensora. Continuóse la conferencia con los Santos Padres en
presencia de Cristo nuestro Salvador. Y María santísima convidó a todos los Ángeles y santos que allí asistían, para
que alabasen al triunfador de la muerte, del pecado y del infierno, y todos le cantaron nuevos cánticos, salmos, himnos
de gloria y magnificencia, y con esto llegó la hora en que el Salvador resucitado hizo otras apariciones, como diré en el
capítulo siguiente.
Doctrina que me dio la gran Señora María santísima.
1474. Hija mía, alégrate en el mismo cuidado que tienes de que no alcanzan tus razones a explicar lo que tu interior
conoce de tan altos misterios como has escrito. Victoria es de la criatura y gloria del Altísimo, darse por vencida de la
grandeza de los sacramentos tan soberanos como éstos, y en la carne mortal se pueden penetrar mucho menos. Yo sentí
los dolores de la pasión de mi Hijo santísimo y, aunque no perdí la vida, experimenté los dolores de la muerte
misteriosamente, y a este género de muerte le correspondió en mí otra admirable y mística resurrección a más
levantado estado de gracia y operaciones. Y como el ser de Dios es infinito, aunque la criatura participe mucho, le
queda más que entender, que amar y gozar. Y para que ahora ayudada del discurso puedas rastrear algo de la gloría de
Cristo mi Señor, de la mía y de los Santos, discurriendo por los dotes del cuerpo glorioso, te quiero proponer la regla
por donde en esto puedas pasar a los del alma. Ya sabes que éstos son: visión, comprensión y fruición. Los del
cuerpo son los que dejas repetidos (Cf. supra n. 1468): claridad, impasibilidad, sutilidad y agilidad.
1475. A todos estos dotes corresponde algún aumento por cualquiera buena obra meritoria que hace el que está en
gracia, aunque no sea mayor que mover una pajuela por amor de Dios y dar un jarro de agua. Por cualquiera de
estas mínimas obras granjeará la criatura, para cuando sea bienaventurada, mayor claridad que la de muchos soles. Y
en la impasibilidad se aleja de la corrupción humana y terrena más de lo que todas las diligencias y fuerzas de las
criaturas pueden resistirla y apartar de sí lo que las puede ofender o alterar. En la sutilidad se adelanta para ser superior
a todo lo que le puede resistir y cobra nueva virtud sobre todo lo que quiere penetrar. En el dote de la agilidad le
corresponde a cualquiera obra meritoria más potencia para moverse que la tienen las aves y los vientos y todas las
criaturas activas, como el fuego y los demás elementos para caminar a sus centros naturales. Por el aumento
que se merece en estos dotes del cuerpo, entenderás el que tienen los dotes del alma, a quien corresponden y de quien
se derivan. Porque en la visión beatífica adquiere cualquier mérito mayor claridad y noticia de los atributos y divinas
perfecciones que cuanto han alcanzado en esa vida mortal todos los doctores y sabios que ha tenido la Iglesia. También
se aumenta el dote de la comprensión o tención del objeto divino, porque de la posesión y firmeza con que se
comprende aquel sumo e infinito bien se le concede al justo nueva seguridad y descanso más estimable que si
poseyera todo lo precioso y rico, deseable y apetecible de las criaturas, aunque todo lo tuviera por suyo sin temer
perderlo. Y en el dote de la fruición, que es el tercero del alma, por el amor con que el justo hace aquella pequeñuela
obra, se le conceden en el cielo por premio grados de amor fruitivo tan excelentes, que jamás llegó a compararse con
este aumento el mayor afecto que tienen los hombres en la vida a lo visible, ni el gozo que de él resulta tiene
comparación con todo el que hay en la vida mortal.
1476. Levanta ahora, hija mía, la consideración y de estos premios tan admirables, que corresponden a una obra por
Dios hecha, pondera bien cuál será el premio de los santos, que por el amor divino hicieron tan heroicas y magníficas
obras y padecieron tormentos y martirios tan crueles como la Iglesia santa conoce. Y si en los santos sucede esto con
ser puros hombres y sujetos a culpas e imperfecciones que retardan el mérito, considera con toda la alteza que pudieres
cuál será la gloria de mi Hijo santísimo, y sentirás cuán limitada es la capacidad humana, y más en la vida mortal, para
comprender dignamente este misterio y para hacer concepto proporcionado de tan inmensa grandeza. El alma
santísima de mi Señor estaba unida sustancialmente a la divinidad en su divina persona, y por la unión hipostática era
consiguiente que se le comunicase el océano infinito de la misma divinidad, beatificándola como a quien tenía
comunicado su mismo ser de Dios por inefable modo. Y aunque no mereció esta gloria, porque se le dio desde el
instante de su concepción en mi vientre, consiguiente a la unión hipostática, pero las obras que hizo después en treinta
y tres años, naciendo en pobreza, viviendo con trabajos, amando como viador, trabajando en todas las virtudes,
predicando, enseñando, padeciendo, mereciendo, redimiendo a todo el linaje humano, fundando la Iglesia y cuanto la
fe católica enseña, estas obras merecieron la gloria del cuerpo purísimo de mi Hijo y ésta corresponde a la del alma, y
todo es inefable y de inmensa grandeza, reservado para manifestarse en la vida eterna. Y en correspondencia de mi
Hijo y Señor hizo conmigo magníficas obras el brazo poderoso del Altísimo en el ser de pura criatura, con que olvidé
luego los trabajos y dolores de la pasión; y lo mismo sucedió a los padres del limbo, y a los demás santos cuando
reciben el premio. Olvidé la amargura y el trabajo que yo padecí, porque el sumo gozo desterró la pena, pero nunca
perdí la vista de lo que mi Hijo padeció por el linaje humano. 


CAPITULO 27

Algunas apariciones de Cristo nuestro Salvador resucitado a las Marías y a los Apóstoles, la noticia que todos daban a la Reina y la prudencia con que los oía.


1477. Después que nuestro Salvador Jesús resucitado y glorioso visitó y llenó de gloria a su Madre santísima,
determinó Su Majestad como amoroso padre y pastor congregar las ovejas de su rebaño, que el escándalo de su pasión
había turbado y derramado. Acompañábanle siempre los Santos Padres y todos los que sacó del limbo y purgatorio,
aunque no se manifestaban en las apariciones, porque sola nuestra gran Reina los vio y conoció y habló a todos en el
tiempo que pasó hasta la ascensión de su Hijo santísimo. Y cuando no se aparecía a otros, siempre asistía con la
amantísima Madre en el cenáculo, de donde no salió la divina Señora aquellos cuarenta días continuos. Allí gozaba de
la vista del Redentor del mundo y del coro de los Profetas y Santos con quien el mismo Rey y Reina estaban
acompañados. Y para manifestarse a los Apóstoles comenzó por las mujeres, no por más flacas, sino por más fuertes en
la fe y confianza de su resurrección, que por esto merecieron ser las primeras en el favor de verle resucitado.
1478. Hizo memoria el Evangelista San Marcos (Mc 15, 47) del cuidado con que Santa María Magdalena y María José
advirtieron dónde quedaba puesto el cuerpo difunto de Jesús en el sepulcro. Con esta prevención el sábado por la tarde
con otras mujeres santas salieron de la casa del cenáculo a la ciudad y compraron nuevos ungüentos aromáticos, para
madrugar el día siguiente y volver al sepulcro a visitar y adorar el sagrado cuerpo de su Maestro, con ocasión de
ungirle de nuevo. El domingo por la mañana, antes de amanecer, madrugaron para ejecutar su piadoso afecto,
ignorando que el sepulcro estaba sellado y con guardas por orden de Pilatos, y en el camino dificultaban solamente
quién les volvería la gran lápida con que ellas habían advertido quedaba cerrado el monumento, pero el amor las daba
esfuerzo para vencer esta dificultad, sin saber cómo. Cuando salieron de la casa del cenáculo era de noche y cuando
llegaron al sepulcro había ya amanecido y nacido el sol, porque aquel día se anticipó las tres horas que se oscureció en
la muerte de nuestro Salvador. Y con este milagro se concuerdan los Evangelistas San Marcos (Mc 16, 2) y San Juan
Evangelista (Jn 20, 1), que el uno dice vinieron las Marías salido el sol y el otro que había tinieblas, porque todo es
verdad, que salieron muy de mañana y antes de amanecer, y con la prisa y diligencia del sol las alcanzó cuando
llegaban, aunque no se detuvieron en el camino. Era el monumento una pequeña bóveda como cueva, cuya puerta
cerraba una grande losa, y dentro tenía a un lado el sepulcro algo levantado del suelo y en él estuvo el cuerpo de
nuestro Salvador.
1479. Poco antes que llegasen las Marías a reconocer la dificultad que iban confiriendo de mover la lápida, fue hecho
un gran temblor o terremoto muy espantoso, y al mismo tiempo un Ángel del Señor abrió el sepulcro y arrojó la losa
que le cubría y cerraba la puerta. Las guardas del monumento con este grande estrépito y movimiento de la piedra
cayeron en tierra, desmayados del temor que les causó, dejándolos como difuntos, aunque ni vieron al Señor ni
entonces estaba allí su cuerpo, porque ya había resucitado y salido del monumento antes que el Ángel quitase la piedra.
Las Marías, aunque sintieron algún temor, se animaron, y confortándolas el mismo Dios llegaron y entraron al
monumento y cerca de la puerta vieron al Ángel que revolvió la piedra, sentado sobre ella, y su rostro refulgente, los
vestidos como la nieve, que las habló y dijo: No temáis, que sé cómo buscáis a Jesús Nazareno. No está aquí, que ya ha
resucitado. Entrad, y veréis el lugar donde le pusieron.—Entraron las Marías y vieron el sepulcro vacío. Recibieron
gran tristeza, porque aún estaban más atentas a su afecto de verle que al testimonio del Ángel. Y luego vieron otros
dos asentados a los dos lados del sepulcro, que las dijeron: ¿Para qué buscáis entre los muertos al que ya está vivo y
resucitado? Acordaos que él mismo os dijo en Galilea, que había de resucitar el día tercero. Id luego y dad noticia a los
discípulos y a Pedro que vayan a Galilea, donde le verán.
1480. Con esta advertencia de los Ángeles se acordaron las Marías de lo que su divino Maestro había dicho. Y
seguras de su resurrección, se volvieron del sepulcro con gran prisa y dieron cuenta a los once discípulos y a otros de
los que seguían al Señor, muchos de los cuales juzgaron por delirio lo que decían las Marías. Tan turbados estaban en
la fe y tan olvidados de las palabras de su Maestro y Redentor. En el ínterin que las Marías llenas de gozo y pavor contaban
a los Apóstoles lo que habían visto, revivieron las guardas del sepulcro y volvieron en sus sentidos. Y como le
vieron abierto y sin el cuerpo difunto, fueron a dar cuenta del suceso a los príncipes de los sacerdotes. Halláronse
confusos y juntaron concilio para determinar lo que podrían hacer para desmentir la maravilla tan patente que no se
podía ocultar. Y acordaron ofrecer a los guardas mucho dinero, con que sobornados dijesen cómo estando ellos
durmiendo habían venido los discípulos de Jesús y habían hurtado su cuerpo del sepulcro. Y asegurándoles los
sacerdotes a las guardas que los sacarían a paz y a salvo de esta mentira, la publicaron entre los judíos, y muchos de
ellos fueron tan estultos que le dieron crédito, y algunos más obstinados y ciegos se le dan hasta ahora, creyendo el
testimonio de los que confesaron se dormían, cuando dicen que vieron el hurto.
1481. Los discípulos y Apóstoles, aunque tuvieron por desvarío lo que decían las Marías, con todo eso San Pedro y
San Juan, deseando certificarse por sus ojos, partieron a toda prisa al monumento, y tras ellos volvieron las Marías. Y
llegó San Juan Evangelista el primero y, sin entrar en el monumento, vio desde la puerta los sudarios apartados del
sepulcro y aguardó a que llegase San Pedro, el cual entró primero y tras de él San Juan Evangelista, y vieron lo mismo
y que el sagrado cuerpo no estaba en el sepulcro. Y San Juan dice que creyó entonces (Jn 20, 8) y se aseguró de lo que
había comenzado a creer cuando vio mudada a la Reina del cielo, como dije en el capítulo pasado (Cf.. supra n.
1469). Y los dos Apóstoles se volvieron a dar cuenta a los demás de lo que admirados habían visto en el sepulcro. Las
Marías se quedaron en él a la parte de afuera, confiriendo con admiración todo lo que sucedía. Y Santa María
Magdalena con mayor fervor y lágrimas volvió a entrar otra vez a reconocer el sepulcro. Y aunque los Apóstoles no
vieron a los Ángeles, violos Santa María Magdalena, y ellos le preguntaron: Mujer, ¿por qué lloras?—Respondió
María: Porque me han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.—Con esta respuesta salió fuera al huerto donde
estaba el sepulcro y luego topó con el Señor, aunque no le conoció, antes le juzgó por hortelano. Y Su Majestad le
preguntó también: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?—Santa María Magdalena, no conociendo a Cristo nuestro
Señor, le respondió como si fuera hortelano de aquel huerto, y sin más acuerdo, vencida del amor, le dijo: Señor, si vos
le habéis tomado, decidme dónde le tenéis, que yo le volveré y le traeré.—Entonces replicó el amantísimo Maestro y la
dijo: María.—Y con haberla nombrado, se dejó conocer por la voz (Jn 20, 11-16).
1482. Cuando Santa María Magdalena conoció que era Jesús, se enardeció toda en amor y gozo y respondió y dijo:
Maestro mío; y arrojándose a sus divinos pies fue a quererlos tocar y besar, como acostumbrada a este favor. Pero el
Señor la previno y dijo: No me toques, porque no he subido a mi Padre, a donde estoy de camino; vuelve y diles a
mis hermanos los Apóstoles cómo estoy de paso para mi Padre y suyo (Jn 20, 16-18).—Partió luego Santa María
Magdalena, llena de consolación y júbilo, y a pequeña distancia alcanzó a las otras Marías. Y acabándolas de referir lo
que a ella le había sucedido y cómo había visto a Jesús resucitado, estando admiradas, llorosas y cariñosas de alegría,
se les apareció estando juntas y las dijo: Dios os salve.—Y conociéndole todas, dice el Evangelista San Mateo (Mt
28, 9) que adoraron sus sagrados pies, y el Señor las mandó otra vez que fuesen a los Apóstoles y les dijesen lo que
habían visto y que se fuesen ellos a Galilea, donde le verían resucitado. Desapareció el Señor, y las Marías apresurando
el paso volvieron al cenáculo y contaron a los Apóstoles todo cuanto les había sucedido, y siempre estaban tardos en
darles crédito. Y luego entraron las Marías a dar noticia de lo que pasaba a la Reina del cielo, y como si lo ignorara las
oyó con admirable caricia y prudencia, aunque todo lo sabía por la visión intelectual con que lo conocía. Como iba
conociendo y tomando ocasión de lo que las Marías le contaron, las confirmó en la fe de los misterios y altos
sacramentos de la Encarnación y Redención y de las divinas Escrituras que de ellos trataban. Pero no les dijo lo que a
la divina Reina le había sucedido, aunque fue la Maestra de estas fieles y devotas discípulas, como el Señor de los
Apóstoles, para restituirlos a la fe.
1483. No refieren los evangelistas cuándo apareció el Señor a San Pedro, aunque lo supone San Lucas (Lc 24, 34);
pero fue después de las Marías, y más ocultamente a solas, como a cabeza de la Iglesia, antes que a todos juntos y que
a otro alguno de los Apóstoles, y fue aquel mismo día, después que las Marías le dieron noticia de haberle visto. Y
luego sucedió el aparecimiento que refieren, y que largamente cuenta San Lucas (Lc 24, 34), de los dos discípulos que
aquella tarde iban de Jerusalén al castillo de Emaús, que estaba sesenta estadios de la ciudad, y hacían cuatro millas de
Palestina y casi dos leguas (legua ~ 5.556 Km) de España. El uno de los dos se llamaba Cleofás y el otro era el mismo
San Lucas, y sucedió en esta manera: Salieron de Jerusalén los dos discípulos, después que oyeron lo que las Marías
contaron, y en el camino continuaron la plática de los sucesos de la pasión y santidad de su Maestro y la crueldad de
los judíos. Y admirábanse de que el Todopoderoso hubiese permitido que padeciese tales oprobios y tormentos un
hombre santo y tan inocente. El uno decía: ¿Cuándo se vio tal suavidad y dulzura?—El otro repetía: ¿Quién jamás oyó
ni vio tal paciencia, sin querellarse, ni mudar el semblante tan apacible y de majestad? Su doctrina era santa, su vida
inculpable, sus palabras de salud eterna, sus obras en beneficio de todos; pues ¿qué vieron en él los sacerdotes, para
cobrarle tanto aborrecimiento?—Respondía el otro: Verdaderamente fue admirable en todo, y nadie puede negar que
era gran profeta: hizo muchos milagros, alumbró ciegos, sanó enfermos, resucitó muertos y a todos hizo admirables
beneficios; pero dijo que resucitaría al tercero día de su muerte, que es hoy, y no lo vemos cumplido.— Replicó el
otro: También dijo que le habían de crucificar y se ha cumplido como lo dijo.
1484. En medio de éstas y otras pláticas se les apareció Jesús en hábito de peregrino, como que los alcanzaba en el
camino, y les dijo, después de saludarlos: ¿De qué habláis, que me parece os veo entristecidos?—Respondió Cleofás:
¿Tú solo eres peregrino en Jerusalén, que no sabes lo que ha sucedido estos días en la ciudad?— Dijo el Señor: Pues
¿qué ha sucedido?—Replicó el discípulo: ¿No sabes lo que han hecho los príncipes y sacerdotes con Jesús Nazareno,
varón santo y poderoso en palabras y obras, cómo le han condenado y crucificado? Nosotros teníamos esperanzas
que había de redimir a Israel resucitando de los muertos, y se pasa ya el día tercero de su muerte y no sabemos lo que
ha hecho. Aunque unas mujeres de los nuestros nos han atemorizado, porque fueron muy de mañana al sepulcro y no
hallaron el cuerpo y afirman que vieron unos Ángeles que las dijeron cómo ya había resucitado. Y luego acudieron
otros compañeros nuestros al sepulcro y vieron ser verdad lo que las mujeres contaron. Pero nosotros vamos a Emaús
para esperar allí a ver en qué paran estas novedades.—Respondióles el Señor: Verdaderamente sois necios y tardos
de corazón, pues no entendéis que convenía así, que padeciese Cristo todas esas penas y muerte tan afrentosa para
entrar en su gloria.
1485. Y prosiguiendo el divino Maestro, les declaró los misterios de su vida y muerte para la redención humana,
comenzando de la figura del cordero, que mandó sacrificar y comer San Moisés Profeta y Legislador rubricando los
umbrales con su sangre; y lo que figuraba la muerte del sumo sacerdote Aarón, la muerte de Sansón por los amores de
su esposa Dalila; y muchos salmos del Santo Rey y Profeta David, donde profetizó el concilio, la muerte y división
de las vestiduras y que su cuerpo no vería la corrupción; lo que dijo la Sabiduría y más claro San Isaías y San Jeremías
de su pasión, que parecería un leproso desfigurado, varón de dolores, que sería llevado como oveja al matadero, sin
abrir su boca; y San Zacarías, que le vio traspasado de muchas heridas; y otros lugares de los Profetas les dijo, que
claramente dicen los misterios de su vida y muerte. Con la eficacia de este razonamiento fueron los discípulos poco a
poco recibiendo el calor de la caridad y la luz de la fe que se les había eclipsado. Y cuando ya se acercaban al castillo
de Emaús, el divino Maestro les dio a entender pasaba adelante en su jornada, pero ellos le rogaron con instancia se
quedase con ellos, porque ya era tarde. Admitiólo el Señor, y convidado de los discípulos se reclinaron para cenar
juntos, conforme la costumbre de los judíos. Tomó el Señor el pan y como también solía lo bendijo y partió, dándoles
con el pan bendito el conocimiento infalible de que era su Redentor y Maestro.
1486. Conociéronle, porque les abrió los ojos del alma, y al punto que los dejó ilustrados se les desapareció de los
del cuerpo y no le vieron más entonces. Pero quedaron admirados y llenos de gozo, confiriendo el fuego de caridad
que sintieron en el camino, cuando les hablaba su Maestro y les declaraba las Escrituras. Y luego sin dilación se
volvieron a Jerusalén ya de noche. Entraron en la casa donde se habían retirado los demás Apóstoles por temor de
los judíos y los hallaron confiriendo las noticias que tenían de haber resucitado el Salvador y cómo ya se había
aparecido a San Pedro. Y a esto añadieron los dos discípulos todo cuanto en el camino les sucedió y cómo ellos le
habían conocido cuando les partió el pan en el castillo de Emaús. Estaba entonces presente Santo Tomás, y aunque oyó
a los dos discípulos y que San Pedro confirmaba lo que decían asegurando que también él había visto a su Maestro
resucitado, con todo estuvo tardo y dudoso, sin dar crédito al testimonio de tres discípulos, fuera de las mujeres. Y con
algún despecho, efecto de su incredulidad, se salió y se fue de la compañía de los demás. Y en pequeño espacio,
después que Santo Tomás se había despedido y cerradas las puertas, entró el Señor y apareció a los demás. Y estando
en medio de todos les dijo: Paz sea con vosotros. Yo soy, no queráis temer.
1487. Con este repentino aparecimiento se turbaron los Apóstoles, temiendo si era espíritu o fantasma lo que veían, y
el Señor les dijo: ¿De qué os turbáis y admitís tan varios pensamientos? Mirad mis pies y manos y conoced que yo soy
vuestro Maestro. Tocad con vuestras manos mi cuerpo verdadero, que los espíritus no tienen carne ni huesos, como
veis que yo los tengo.—Estaban tan turbados y confusos los Apóstoles que, viendo y tocando las manos llagadas del
Salvador, aun no acababan de creer que era Él a quien hablaban y tocaban. Y el amantísimo Maestro, para asegurarlos
más, les dijo: Dadme si tenéis algo de comer.—Ofreciéronle muy gozosos parte de un pez asado y de un panal de
miel y comió parte de ello y lo demás les repartió a todos, diciendo: ¿No sabéis que todo lo que por mí ha pasado es lo
mismo que lo que de mí estaba escrito en Moisés y en los Profetas, en los Salmos y Escrituras sagradas y que
todo se debía cumplir así como estaba profetizado?—Y con estas palabras les abrió los sentidos, y le conocieron y
entendieron las Escrituras que hablaban de su pasión, muerte y resurrección al tercero día. Y habiéndolos así ilustrado,
les dijo otra vez: Paz sea con vosotros. Como me envió a mí mi Padre, así os envío yo para que enseñéis al mundo la
verdad y conocimiento de Dios y de la vida eterna, predicando penitencia de los pecados y remisión de ellos en mi
nombre (Jn 20, 21). Y derramando en ellos su divino aliento o soplo, añadió y dijo: Recibid al Espíritu Santo, para que
los pecados que perdonareis sean perdonados, y los que no perdonareis no lo sean. Predicaréis a todas las gentes,
comenzando de Jerusalén (Jn 20, 22-23). Y con esto desapareció el Señor, dejándolos consolados y asegurados en la
fe, y con potestad de perdonar pecados ellos y los demás sacerdotes.
1488. Todo esto sucedió como se ha dicho, no estando Santo Tomás presente, pero luego, disponiéndolo el Señor,
volvió a la congregación de donde se había ausentado y le contaron los Apóstoles todo cuanto en su ausencia les había
sucedido. Pero aunque los halló tan trocados con el nuevo gozo que recibieron, con todo eso estuvo incrédulo y
porfiado, afirmando que no daba crédito a lo que todos aseguraban si primero no viese por sus ojos las llagas y tocase
la del costado con su mano y dedos y las demás. En esta dureza perseveró el incrédulo Tomás ocho días, hasta que
pasados volvió el Señor otra vez, cerradas las puertas, y se apareció en medio de los mismos Apóstoles y del incrédulo.
Saludólos como solía, diciendo: Paz sea con vosotros.—Y llamando luego a Tomás, le reprendió con amorosa suavidad
y le dijo: Llegad, Tomás, con vuestras manos y tocad los agujeros de las mías y de mi costado, y no queráis ser tan
incrédulo, sino rendido y fiel. Tocó las divinas llagas Tomás y fue ilustrado interiormente para creer y conocer su
ignorancia. Y postrándose en tierra dijo: Señor mío y Dios mío.—Replicó Su Majestad: Porque me viste, Tomás, me
has creído; pero serán bienaventurados los que no me vieren y me creyeren (Jn 20, 26-28). Desapareció el Señor,
quedando los Apóstoles y Santo Tomás llenos de luz y de alegría. Y luego fueron todos a dar cuenta a María santísima
de lo que había sucedido, como lo hicieron del primer aparecimiento.
1489. No estaban entonces los Apóstoles capaces de la gran sabiduría de la Reina del cielo, y mucho menos
de las noticias que tenía de todo lo que a ellos les sucedía y de las obras de su Hijo santísimo, y así le daban cuenta de
lo que iba sucediendo, y ella los oía con suma prudencia y mansedumbre de Madre y de Reina. Y después de la
primera aparición la contaron algunos Apóstoles la obstinación de Tomás y que no les quería dar crédito a todos
juntos, aunque le afirmaban haber visto a su Maestro resucitado, y en aquellos ocho días, como perseveraba en su
incredulidad, creció más contra él la indignación de algunos Apóstoles. Y luego iban a la gran Señora y le culpaban en
su presencia de culpado y terco, arrimado a su parecer, como hombre grosero y desalumbrado. La piadosa
Princesa los oía con pacífico corazón, y viendo que crecía el enojo de los Apóstoles, que aún estaban todos
imperfectos, habló a los más indignados y los quietó con decirles que los juicios del Señor eran muy ocultos y que de
la incredulidad de Tomás sacaría grandes bienes para otros y gloria para sí mismo y que esperasen y no se turbasen tan
presto. Hizo la divina Madre ferventísima oración y peticiones por Santo Tomás, y por ella aceleró el Señor su remedio
y se le dio al incrédulo Apóstol. Y luego que se redujo y dieron todos noticia a su Maestra y Señora, los confirmó en su
fe, amonestándolos y corrigiéndolos, y les ordenó que con ella diesen gracias al Muy Alto por aquel beneficio y que
fuesen constantes en las tentaciones, pues todos estaban sujetos a los peligros de caer. Otras muchas y dulces razones
les dijo de corrección, enseñanza, advertencia y de doctrina, previniéndolos para lo que les restaba de trabajar en la
nueva Iglesia.
1490. Otras apariciones y señales hizo nuestro Salvador, como supone el Evangelista San Juan Jn 20, 30), y
solamente se escribieron las que bastan para la fe de su resurrección. Pero luego el mismo Evanrelista (Jn 21, 1ss)
escribe la aparición que hizo Su Majestad en el mar de Tiberías a San Pedro, Tomás, Natanael, a los hijos del Zebedeo
y otros dos discípulos, que por ser tan misteriosa me ha parecido no omitirla en este capítulo. Sucedió la aparición en
esta forma: Fueron los Apóstoles a Galilea, después de lo que en Jerusalén les había sucedido, porque el Señor se lo
mandó, prometiéndoles que allá le verían. Y hallándose los siete Apóstoles y discípulos cerca de aquel mar, les dijo
San Pedro que para tener alguna cosa con que pasar quería ir a pescar, que lo sabía hacer de oficio. Acompañáronle
todos en el pescar y pasaron aquella noche arrojando las redes sin coger solo un pez. A la mañana se apareció nuestro
Salvador Jesús en la ribera, sin darse entonces a conocer. Y estaba cerca la barquilla en que pescaban, y preguntóles el
Señor: ¿Tenéis algo que comer? Y ellos respondieron: Nada tenemos. Replicó Su Majestad: Arrojad la red a la
diestra de la navecilla y cogeréis. Hiciéronlo, y llenóse la red de pescado, de manera que no la podían levantar.
Entonces San Juan Evangelista con el milagro conoció a Cristo nuestro Señor y llegándose a San Pedro le dijo: El
Señor es quien nos habla de la ribera.—Con este aviso lo conoció también San Pedro, y todo inflamado en sus
acostumbrados fervores, se vistió muy aprisa la túnica de que estaba desnudo y se arrojó al mar, caminando sobre las
aguas hasta donde estaba el Maestro de la vida, y los demás se fueron acercando con la barquilla donde estaban.
1491. Saltaron en tierra y hallaron que ya el Señor les tenía prevenida la comida, porque vieron lumbre y pan y un
pez sobre las brasas (pescado asado es símbolo de Cristo que ha sufrido), pero Su Majestad les dijo que trajesen de los
que ya habían pescado, y tirando a la red San Pedro halló que tenía ciento y cincuenta y tres peces, y con ser tantos no
se había rompido la red. Mandóles el Señor que comiesen. Y aunque estaba con ellos tan familiar y afable, ninguno se
atrevía a preguntarle quién era, porque los milagros y majestad les causó gran temor de reverencia con el Señor.
Repartióles los peces y pan y luego que acabaron de comer se volvió a San Pedro y le dijo: Simón, hijo de Juan,
¿ámasme tú más que éstos?—Respondió San Pedro: Sí, Señor, tú sabes que yo te amo.—Replicó el Señor: Apacienta
mis corderos.—Y luego le preguntó otra vez: Simón, hijo de Juan, ¿ámasme?—Y San Pedro respondió lo mismo:
Señor, tú sabes que te amo.—Hizo el Señor tercera vez la misma pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿ámasme?—Y con
esta tercera vez se entristeció San Pedro y respondió: Señor, tú sabes todas las cosas, y que yo te amo.—Respondióle
Cristo nuestro Señor tercera vez: Apacienta mis ovejas.—Con que a él solo lo hizo cabeza de su Iglesia única y
universal, dándole la suprema autoridad de vicario suyo sobre todos los hombres. Y para esto le examinó tantas veces
en el amor que le tenía, como si con aquel solo se hubiera hecho capaz de la suprema dignidad y él solo le bastara para
administrarla dignamente.
1492. Luego el mismo Señor intimó a San Pedro la carga del oficio que le daba y le dijo: De verdad te aseguro que
cuando seas ya viejo, no te has de ceñir como cuando eres mozo, ni has de ir a donde tú quisieres, porque te ceñirá otro
y te llevará a donde no quieras.—Entendió San Pedro que le prevenía el Señor la muerte de cruz con que le imitaría y
seguiría. Pero como amaba tanto a San Juan Evangelista, deseando saber lo que sería de él, preguntó al Señor: ¿Qué
determinas hacer de este tan amado vuestro?—Respondióle Su Majestad: ¿Qué te importa a ti saberlo? Si quiero que él
se quede así hasta que venga otra vez al mundo, en mi mano estará. Sigúeme tú y no cuides de lo que yo quiero hacer
de él.—De estas razones se levantó entre los Apóstoles un rumor, que San Juan Evangelista no había de morir, pero el
mismo Evangelista advierte que Cristo no dijo que no moriría afirmativamente, como consta de las palabras referidas,
antes parece que ocultó de intento la voluntad que tenía de la muerte del Evangelista, reservando entonces para sí el
secreto. De todos estos misterios y apariciones tuvo María santísima clara inteligencia por la revelación que muchas
veces he dicho (Cf. supra n. 990, 534, etc.). Y como archivo de las obras del Señor y depositaría de sus misterios en la
Iglesia, los guardaba y confería en su castísimo y prudentísimo pecho. Y luego los Apóstoles, en especial el nuevo hijo
San Juan Evangelista, la informaba de todos los sucesos que se ofrecían. Pero la gran Señora perseveraba en su
recogimiento los cuarenta días continuos después de la resurrección, y allí gozaba de la vista de su Hijo santísimo y de
los Santos y Ángeles, y éstos cantaban al Señor los himnos y alabanzas que la amantísima Madre le hacía y como de su
boca los cogían los Ángeles, para celebrar las glorias del Señor de las victorias y virtudes.
Doctrina que me dio la Reina María santísima.
1493. Hija mía, la enseñanza que te doy en este capítulo será también la respuesta del deseo que tienes de entender
por qué mi Hijo santísimo se apareció una vez de peregrino, otra como hortelano y por qué no se daba a conocer
siempre a la primera vista. Advierte, pues, carísima, que las Marías y los Apóstoles, aunque ya eran discípulos del
Señor, y entonces los mejores y más perfectos en comparación de los otros hombres del mundo, con todo eso en el
grado de la perfección y santidad eran párvulos y no tan adelantados como debían en la escuela de tal Maestro. Y así
estaban flacos en la fe, y en otras virtudes eran menos constantes y fervorosos de lo que pedía su vocación y beneficios
recibidos de la mano del Señor; y las culpas menores de las almas favorecidas y escogidas para la amistad de Dios y su
familiar trato pesan en los ojos de su justísima equidad más que algunas culpas graves de otras almas que no son
llamadas a esta gracia. Por estas causas los Apóstoles y las Marías, aunque eran amigos del Señor, no estaban
dispuestos, con sus culpas y flaqueza, tibieza y flojedad de amor, para que el divino Maestro les comunicase luego
los efectos celestiales de su conocimiento y presencia, pero con su paternal amor les hablaba, primero de
manifestarse, palabras de vida con que los disponía, ilustrándolos y fervorizándolos. Y cuando en sus corazones
renovaba la fe y el amor, entonces se les daba a conocer y les comunicaba la abundancia de su divinidad que sentían y
otros admirables dones y gracias con que eran renovados y levantados sobre si mismos. Y cuando comenzaban a gozar
de estos favores, se les desaparecía, para que le codiciasen de nuevo con más ardientes deseos de su comunicación y
trato dulcísimo. Este fue el misterio de aparecerse disimulado a Santa María Magdalena y a los Apóstoles y discípulos
del camino de Emaús. Y lo mismo hace respectivamente con muchas almas que elige para su íntimo trato y
comunicación.
1494. Con este orden admirable de la divina Providencia quedarás enseñada y reprendida de las dudas o incredulidad
que tantas veces has incurrido en los beneficios y favores que recibes de la divina clemencia de mi Hijo santísimo, en
que ya es tiempo moderes los temores que siempre has padecido, porque no pases de humilde a ingrata y de dudosa a
pertinaz y tarda de corazón para darles crédito. Y también te servirá de doctrina el ponderar dignamente la prontitud de
la inmensa caridad del Altísimo en responder luego a los humildes y contritos de corazón y asistir al punto a los que
con amor le buscan y desean y a los que meditan y hablan de su pasión y muerte; todo esto conocerás en San Pedro y
en Santa María Magdalena y en los discípulos. Imita, pues, hija mía, el fervor de Santa María Magdalena en buscar a
su Maestro, sin detenerse con los mismos Ángeles, sin alejarse del sepulcro con todos los demás, sin descansar un
punto hasta que le halló tan amoroso y suave. Y esto le granjeó también el haberme acompañado a mí en toda la pasión
con ardentísimo corazón. Y lo mismo hicieron las otras Marías, con que merecieron las primeras el gozo de la
resurrección. Tras ellas le alcanzó la humildad y dolor con que San Pedro lloró su negación, y luego se inclinó el Señor
a consolarle y mandar a las Marías que señaladamente le diesen a él nuevas de la resurrección, y luego le visitó y
confirmó en la fe y lo llenó de gozo y dones de su gracia. A los dos discípulos, aunque dudaban, porque trataban de su
muerte y se compadecían de ella, se les apareció luego antes que a otros. Y te aseguro, hija mía, que ninguna buena
obra de las que hacen los hombres con recta intención y corazón se queda sin gran premio de contado, porque ni el
fuego en su grande actividad enciende tan presto la estopa muy dispuesta, ni la piedra quitado el impedimento se
mueve tan presto para el centro, ni el mar corre en su ímpetu ni va con tanta fuerza como la bondad del Altísimo y su
gracia se comunica a las almas cuando ellas se disponen y quitan el óbice de las culpas que detiene como violento al
amor divino. Y esta verdad es una de las cosas que mayor admiración causa en los bienaventurados, que la conocen en
el cielo. Alábale por esta infinita bondad y también porque con ella saca de los males grandiosos bienes, como lo hizo
de la incredulidad de los Apóstoles, en que manifestó el Señor este atributo de su misericordia con ellos; y para todos
hizo más creíble su santa resurrección y patente el perdón de los pecados y su benignidad, perdonando a los Apóstoles
y como olvidando sus culpas, para buscarlos y aparecérseles, y humanándose con ellos como verdadero padre,
alumbrándoles y dándoles doctrina según su necesidad y poca fe.

sábado, 30 de marzo de 2013

Sor Maria de Jesus de Agreda: Mistica Ciudad de Dios, Libro sexto, Capitulos 24 y 25

CAPITULO 24

La herida que dieron con la lanza en el costado de Cristo ya difunto, su descendimiento de la cruz y sepultura y lo que en estos pasos obró María santísima hasta que volvió al cenáculo.
 

1436. El Evangelista San Juan Evangelista dice (Jn 19, 25) que cerca de la cruz estaba María santísima Madre de
Jesús, acompañada de Santa María Cleofás [ Día 9 de abril: In Judaea sanctae Maríae Cléophae, quam beátus Joánnes
Evangelista sorórem sactíssimae Dei Genitrícis Maríae núncupat, et cum hac simul juxta crucem Jesu stetísse narrat.]
y Santa María Magdalena [Día 22 de julio: Apud Massíliam, in Gállia, natális sanctae Maríae Magdalénae, de qua
Dóminus ejécit septem daemónia, et quae ipsum Salvátorem a mórtuis resurgéntem prima vidére méruit.] ; y aunque
esto lo refiere de antes que expirase nuestro Salvador, se ha de entender que perseveró la invicta Reina después,
estando siempre en pie, arrimada a la Cruz, adorando en ella a su muerto Jesús y a la divinidad que siempre estaba
unida al sagrado cuerpo. Estaba la gran Señora constantísima, inmóvil en sus inefables virtudes, entre las olas
impetuosas de dolores que entraban hasta lo íntimo de su castísimo corazón, y con su eminente ciencia confería en su
pecho los misterios de la Redención humana y la armonía con que la sabiduría divina disponía todos aquellos
sacramentos; y la mayor aflicción de la Madre de Misericordia era la desleal ingratitud que los hombres con tanto
daño propio mostrarían a beneficio tan raro y digno de eterno agradecimiento. Estaba asimismo cuidadosa cómo daría
sepultura al sagrado cuerpo de su Hijo santísimo, quién se le bajaría de la cruz, a donde siempre tenía levantados sus
divinos ojos. Con este doloroso cuidado se convirtió a sus Santos Ángeles que la asistían y les dijo: Ministros del
Altísimo y amigos míos en la tribulación, vosotros conocéis que no hay dolor como mi dolor; decidme, pues, cómo
bajaré de la cruz al que ama mi alma, cómo y dónde le daré honorífica sepultura, que como madre me toca este
cuidado; decidme qué haré y ayudadme en esta ocasión con vuestra diligencia.
1437. Respondiéronla los Santos Ángeles: Reina y Señora nuestra, dilátese Vuestro afligido corazón para lo que resta
de padecer. El Señor todopoderoso ha encubierto de los mortales su gloria y su potencia para sujetarse a la impía
disposición de los crueles malignos y quiere consentir que se cumplan las leyes puestas por los hombres, y una es que
los sentenciados a muerte no se quiten de la cruz sin licencia del mismo juez. Prestos y poderosos fuéramos nosotros
en obedeceros y en defender a nuestro verdadero Dios y Criador, pero su diestra nos detiene, porque su voluntad es
justificar en todo su causa y derramar la parte de sangre que le resta en beneficio de los hombres, para obligarlos
más al retorno de su amor que tan copiosamente los redimió (Sal 129, 7). Y si de este beneficio no se aprovecharen
como deben, será lamentable su castigo, y su severidad será la recompensa de haber caminado Dios con pasos lentos
en su venganza.—Esta respuesta de los Ángeles acrecentó el dolor de la afligida Madre, porque no se le había
manifestado que su Hijo santísimo había de ser herido con la lanzada, y el recelo de lo que sucedería con el sagrado
cuerpo la puso en nueva tribulación y congoja.
1438. Vio luego el tropel de gente armada que venía encaminándose al monte Calvario, y creciendo el temor de
algún nuevo oprobio que harían contra el Redentor muerto, habló con San Juan Evangelista y las Marías y dijo: ¡Ay de
mí, que llega ya el dolor a lo último y se divide mi corazón en el pecho! ¿Por ventura no están satisfechos los
ministros y judíos de haber muerto a mi Hijo y Señor? ¿Si pretenden ahora alguna nueva ofensa contra su sagrado
cuerpo ya difunto?—Era víspera de la gran fiesta del sábado de los judíos y para celebrarla sin cuidado habían pedido
a Pilatos licencia para quebrantar las piernas a los tres ajusticiados, con que acabasen de morir, y los bajasen aquella
tarde de las cruces y no quedasen en ellas el día siguiente. Con este intento llegó al Calvario aquella compañía de
soldados que vio María santísima, y en llegando, como hallaron vivos a los dos ladrones, les quebrantaron las piernas,
con que acabaron la vida; pero llegando a Cristo nuestro Salvador, como le hallaron muerto, no le quebrantaron las
piernas; cumpliéndose la misteriosa profecía del Éxodo (Ex 12, 42) en que mandaba Dios no quebrantasen los huesos
del cordero figurativo, que comían la Pascua. Pero un soldado que se llamaba San Longinos [Día 15 de marzo:
Caesaréae, in Cappadócia, pássio sancti Longíni mílitis, qui Dómini latus láncea perforásse perhibétur.], arrimándose a
la cruz de Cristo nuestro Salvador, le hirió con una lanza penetrándole su costado, y luego salió de la herida sangre y
agua, como lo afirma San Juan Evangelista (Jn 19, 34-35) que lo vio y dio testimonio de la verdad.
1439. Esta herida de la lanzada, que no pudo sentir el cuerpo sagrado y ya muerto, sintió su Madre santísima,
recibiendo en su castísimo pecho el dolor, como si recibiera la herida. Pero a este tormento sobreexcedió el que recibió
su alma santísima, viendo la nueva crueldad con que habían rompido el costado de su Hijo ya difundo; y movida de
igual compasión y piedad, olvidando su propio tormento, dijo a Longinos: El Todopoderoso te mire con ojos de
misericordia por la pena que has dado a mi alma. Hasta aquí no más llegó su indignación o, para decirlo mejor, su
piadosísima mansedumbre, para doctrina de todos los que fuésemos ofendidos. Porque en la estimación de la
candidísima paloma, esta injuria que recibió Cristo muerto fue muy ponderable, y el retorno que le dio al delincuente
fue el mayor de los beneficios, que fue mirarle Dios con ojos de misericordia, dándole bendiciones y dones por
agravios al ofensor. Y sucedió así; porque obligado nuestro Salvador de la petición de su Madre santísima, ordenó que
de la sangre y agua que salió de su divino costado salpicasen algunas gotas a la cara de San Longinos y por medio de
este beneficio le dio vista corporal, que casi no la tenía, y al mismo tiempo se la dio en su alma para conocer al
Crucificado, a quien inhumanamente había herido. Con este conocimiento se convirtió San Longinos y llorando sus
pecados los lavó con la sangre y agua que salió del costado de Cristo, y lo conoció y confesó por verdadero Dios y
Salvador del mundo. Y luego lo predicó en presencia de los judíos, para mayor confusión y testimonio de su dureza .
1440. La prudentísima Reina conoció el misterio de la lanzada y cómo en aquella última sangre y agua que salió del
costado de su Hijo santísimo salía de él la nueva Iglesia lavada y renovada en virtud de su pasión y muerte, y que del
sagrado pecho salían como de raíz los ramos que por todo el mundo se extendieron con frutos de vida eterna. Confirió
asimismo en su pecho interiormente el misterio de aquella piedra herida con la vara de la justicia del Eterno Padre (Ex
17, 6), para que despidiese agua viva con que mitigar la sed de todo el linaje humano, refrigerando y recreando a
cuantos de ella fuesen a beber. Consideró la correspondencia de estas cinco fuentes de pies, manos y costado, que se
abrieron en el nuevo paraíso de la humanidad santísima de Cristo nuestro Señor, más copiosas y eficaces para fertilizar
el mundo que las del paraíso terrestre divididas en cuatro partes por la superficie de la tierra (Gen 2, 10). Estos y
otros misterios recopiló la gran Señora en un cántico de alabanza que hizo en gloria de su Hijo santísimo, después que
fue herido con la lanza. Y con el cántico hizo ferventísima oración, para que todos aquellos sacramentos de la
Redención se ejecutasen en beneficio de todo el linaje humano.
1441. Corría ya la tarde de aquel día de Parasceve y la Madre piadosísima aún no tenía certeza de lo que deseaba,
que era la sepultura para su difunto Hijo Jesús; porque Su Majestad daba lugar a que la tribulación de su amantísima
Madre se aliviase por los medios que su divina Providencia tenía dispuestos, moviendo el corazón de José de Arimatea
y Nicodemus para que solicitasen la sepultura y entierro de su Maestro. Eran entrambos discípulos del Señor y justos,
aunque no del número de los setenta y dos; porque eran ocultos por el temor de los judíos, que aborrecían como a
sospechosos y enemigos a todos cuantos seguían la doctrina de Cristo nuestro Señor y le reconocían por Maestro. No
se le había manifestado a la prudentísima Virgen el orden de la voluntad divina sobre lo que deseaba de la sepultura
para su Hijo santísimo, y con la dificultad que se le representaba crecía el doloroso cuidado de que no hallaba salida
con su propia diligencia. Y estando así afligida levantó los ojos al cielo y dijo: Eterno Padre y Señor mío, por la
dignación de Vuestra bondad y sabiduría infinita fui levantada del polvo a la dignidad altísima de Madre de vuestro
Eterno Hijo, y con la misma liberalidad de Dios inmenso me concedisteis que le criase a mis pechos, le alimentase y le
acompañase hasta la muerte; ahora me toca como a Madre dar a su sagrado cuerpo honorífica sepultura y sólo llegan
mis fuerzas a desearlo y dividírseme el corazón de que no lo consigo. Suplico a Vuestra Majestad, Dios mío,
dispongáis con Vuestro poder los medios para que yo lo ejecute.
1442. Esta oración hizo la piadosa Madre después que recibió el cuerpo de Jesús difunto la lanzada y en breve
espacio reconoció que venía hacia el Calvario otra tropa de gente con escalas y aparato de otras cosas que pudo
imaginarse venían a quitar de la cruz su inestimable tesoro; pero como no sabía el fin, se afligió de nuevo en el recelo
de la crueldad judaica, y volviéndose a San Juan Evangelista le dijo: Hijo mío, ¿qué será este intento de los que vienen
con tanta prevención?—El Apóstol respondió: No temáis, Señora mía, a los que vienen, que son José y Nicodemus con
otros criados suyos y todos son amigos y siervos de vuestro Hijo santísimo y mi Señor.—Era José justo en los ojos del
Altísimo y en la estimación del pueblo noble y decurión con oficio de gobierno y del Consejo, como lo da a entender el
Evangelio, que dice no consintió José en el consejo ni obras de los homicidas de Cristo, a quien reconocía por
verdadero Mesías. Y aunque hasta su muerte era José discípulo encubierto, pero en ella se manifestó, obrando estos
nuevos efectos la eficacia de la Redención. Y rompiendo José el temor que antes tenía a la envidia de los judíos y no
reparando en el poder de los romanos, entró con osadía a Pilatos y le pidió el cuerpo de Jesús, difunto en la cruz, para
bajarle de ella y darle honrosa sepultura, afirmando que era inocente y verdadero Hijo de Dios, y que esta verdad
estaba testificada con los milagros de su vida y muerte.
1443. Pilatos no se atrevió a negar a José lo que pedía, antes le dio licencia para que dispusiese del cuerpo difunto de
Jesús todo lo que le pareciese bien. Y con este permiso salió José de casa del juez y llamó a Nicodemus, que también
era justo y sabio en las letras divinas y humanas y en las Sagradas Escrituras, como se colige de lo que le sucedió
cuando de noche fue a oír la doctrina de Cristo nuestro Señor, como lo cuenta San Juan Evangelista (Jn 3, 2). Estos dos
varones santos, con valeroso esfuerzo se resolvieron en dar sepultura a Jesús crucificado. Y José previno la sábana y
sudario en que envolverle y Nicodemus compró hasta cien libras de las aromas con que los judíos acostumbraban a
ungir los difuntos de mayor nobleza. Y con esta prevención, y de otros instrumentos, caminaron al Calvario,
acompañados de sus criados y de algunas personas pías y devotas, en quienes también obraba ya la sangre del divino
Crucificado, por todos derramada.
1444. Llegaron a la presencia de María santísima, que con dolor incomparable asistía al pie de la cruz, acompañada
de San Juan Evangelista y las Marías, y en vez de saludarla, con la vista del divino y lamentable espectáculo se renovó
en todos el dolor con tanta fuerza y amargura, que por algún espacio estuvieron José y Nicodemus postrados a los pies
de la gran Reina, y todos al de la cruz, sin contener las lágrimas y suspiros, sin hablar palabra; lloraban todos con
clamores y lamentos de amargura, hasta que la invicta Reina los levantó de tierra y los animó y confortó, y entonces la
saludaron con humilde compasión. La advertidísima Madre les agradeció su piedad y el obsequio que hacían a su Dios,
Señor y Maestro, en darle sepultura a su cuerpo muerto, en cuyo nombre les ofreció el premio de aquella obra. José de
Arimatea respondió y dijo: Ya, Señora nuestra, sentimos en el secreto de nuestros corazones la dulce y suave fuerza del
divino Espíritu, que nos ha movido con afectos tan amorosos, que ni los pudimos merecer, ni los sabemos explicar.—
Luego se quitaron las capas o mantos que tenían y por sus manos José y Nicodemus arrimaron las escalas a la Santa
Cruz y subieron a desenclavar el sagrado cuerpo, estando la dolorosa Madre muy cerca, y San Juan Evangelista con
Santa María Magdalena asistiéndola. Parecióle a José que se renovaría el dolor de la divina Señora, llegando tocar el
sagrado cuerpo cuando le bajasen, y advirtió al Apóstol que la retirase un poco de aquel acto, para divertirla. Pero San
Juan Evangelista, que conocía más el invencible corazón de la Reina, respondió que desde el principio de la pasión
había asistido a todos los trabajos del Señor y que no le dejaría hasta el fin, porque le veneraba como a Dios y le amaba
como a Hijo de sus entrañas.
1445. Con todo esto le suplicaron tuviese por bien de retirarse un poco mientras ellos bajaban de la cruz a su
Maestro. Respondió la gran Señora y dijo: Señores míos carísimos, pues me hallé a ver clavar en la cruz a mi
dulcísimo Hijo, tened por bien me halle a desenclavarle, que este acto tan piadoso, aunque lastime de nuevo el
corazón, cuanto más tratado y visto, dará mayor aliento en el dolor.—Con esto comenzaron a disponer el
descendimiento. Y quitaron lo primero la corona de la sagrada cabeza, descubriendo las heridas y roturas que dejaba
en ella muy profundas, bajáronla con gran veneración y lágrimas y la pusieron en manos de la dulcísima Madre.
Recibióla estando arrodillada y con admirable culto y la adoró, llegándola a su virginal rostro y regándola con
abundantes lágrimas, recibiendo con el contacto alguna parte de las heridas de las espinas. Pidió al Padre Eterno
hiciese cómo aquellas espinas consagradas con la sangre de su Hijo fuesen tenidas en digna reverencia por los fieles
a cuyo poder viniesen en el tiempo futuro.
1446. Luego, a imitación de la Madre, las adoraron San Juan Evangelista y Santa María Magdalena con las Marías y
otras piadosas mujeres y fieles que allí estaban; y lo mismo hicieron con los clavos. Entregáronlos primero a
María santísima y ella los adoró, y después todos los circunstantes. Para recibir la gran Señora el cuerpo muerto
de su Hijo santísimo, puesta de rodillas extendió los brazos con la sábana desplegada. San Juan Evangelista asistió a la
cabeza y Santa María Magdalena a los pies, para ayudar a José y Nicodemus, y todos juntos con gran veneración y
lágrimas le pusieron en los brazos de la dulcísima Madre. Este paso fue para ella de igual compasión y regalo;
porque el verle llagado y desfigurada aquella hermosura, mayor que la de todos los hijos de los hombres, renovó los
dolores del castísimo corazón de la Madre, y el tenerle en sus brazos y en su pecho le era de incomparable dolor y
juntamente de gozo, por lo que descansaba su ardentísimo amor con la posesión de su tesoro. Adoróle con supremo
culto y reverencia, vertiendo lágrimas de sangre. Y tras de Su Majestad le adoraron en sus brazos toda la multitud de
Ángeles que le asistían, aunque este acto fue oculto a los circunstantes; pero todos, comenzando San Juan Evangelista,
fueron adorando al sagrado cuerpo por su orden, y la prudentísima Madre le tenía en sus brazos asentada en el suelo,
para que todos le diesen adoración.
1447. Gobernábase en todas estas acciones nuestra gran Reina con tan divina sabiduría y prudencia, que a los hombres
y a los Ángeles era de admiración, porque sus palabra eran de gran ponderación, dulcísimas por la caricia y compasión
de su difunta hermosura, tiernas por la lástima, misteriosas por lo que significaban y comprendían. Ponderaba su dolor
sobre todo lo que puede causarle a los mortales, movía los corazones a compasión y lágrimas, ilustraba a todos para
conocer el sacramento tan divino que trataba. Y sobre todo esto, sin exceder ni faltar en lo que debía, guardaba en el
semblante una humilde majestad entre la serenidad de su rostro y dolorosa tristeza que padecía. Y con esta
variedad tan uniforme hablaba con su amabilísimo Hijo, con el Eterno Padre, con los Ángeles, con los circunstantes
y con todo el linaje humano, por cuya Redención se había entregado a la pasión y muerte. No me detengo más en
particularizar las prudentísimas y dolorosas razones de la gran Señora en este paso, porque la piedad cristiana pensará
muchas y no es posible detenerme en cada uno de estos misterios.
1448. Pasado algún espacio de tiempo que la dolorosa Madre tuvo en su seno al difunto Jesús, porque corría ya la tarde
la suplicaron San Juan Evangelista y José diese lugar para el entierro de su Hijo y Dios verdadero. Permitiólo la
prudentísima Madre, y sobre la misma sábana fue ungido su sagrado cuerpo con las especies y ungüentos aromáticos
que trajo Nicodemus, gastando en este religioso obsequio todas las cien libras que se habían comprado. Y así ungido
fue colocado el cuerpo deífico en un féretro, para llevarle al sepulcro. La divina Señora, advertidísima en todo,
convocó del cielo muchos coros de Ángeles que con los de su guarda acudiesen al entierro del cuerpo de su Criador, y
al punto descendieron de las alturas en cuerpos visibles, aunque no para los demás circunstantes, sino para su Reina y
Señora. Ordenóse una procesión de Ángeles y otra de hombres y levantaron el sagrado cuerpo San Juan Evangelista,
José, Nicodemus y el centurión que asistió a la muerte y le confesó por Hijo de Dios; seguían la divina Madre
acompañada de la Magdalena y las Marías y las otras piadosas mujeres sus discípulas. Juntóse a más de estas personas
otro gran número de fieles, que movidos de la divina luz vinieron al Calvario después de la lanzada. Todos así
ordenados caminaron con silencio y lágrimas a un huerto que estaba cerca, donde José tenía labrado un sepulcro
nuevo, en el cual nadie se había depositado ni enterrado. En este felicísimo sepulcro pusieron el sagrado cuerpo de
Jesús. Y antes de cubrirle con la lápida, le adoró de nuevo la prudente y religiosa Madre, con admiración de todos,
Ángeles y hombres. Y luego unos y otros la imitaron, y todos adoraron al crucificado y sepultado Señor y cerraron el
sepulcro «con la lápida, que como dice el Evangelio (Mt 27, 60) era muy grande.
1449. Cerrado el sepulcro de Cristo, al mismo punto se volvieron a cerrar los que en su muerte se abrieron,
porque entre otros misterios estuvieron como aguardando si les tocara le feliz suerte de recibir en sí a su Criador
humanado muerto, que es lo que le podían ofrecer, cuando los judíos no le recibían vivo y bienhechor suyo.
Quedaron muchos Ángeles en guarda del sepulcro, mandándoselo su Reina y Señora, como quien dejaba en él
depositado el corazón. Y con el mismo silencio y orden que vinieron todos del Calvario, se volvieron a él. Y la divina
Maestra de las virtudes se llegó a la Santa Cruz y la adoró con excelente veneración y culto. Y luego la siguieron en
este acto San Juan Evangelista, José y todos los que asistían al entierro. Era ya tarde y caído el sol, y la gran Señora
desde el Calvario se fue a recoger a la casa del Cenáculo, a donde la acompañaron los que estuvieron al entierro; y
dejándola en el cenáculo con San Juan Evangelista y las Marías y otras compañeras. se despidieron de ella los demás y
con grandes lágrimas y sollozos la pidieron les diese su bendición. Y la humildísima y prudentísima Señora les
agradeció el obsequio que a su Hijo santísimo habían hecho y el beneficio que ella había recibido, y los despidió llenos
de otros interiores y ocultos favores y de bendiciones de dulzura de su amable natural y piadosa humildad.
1450. Los judíos, confusos y turbados de lo que iba sucediendo, fueron a Pilatos el sábado por la mañana y le
pidieron mandase guardar el sepulcro; porque Cristo, a quien llamaron seductor, había dicho y declarado que después
de tres días resucitaría, y sería posible que sus discípulos robasen el cuerpo y dijesen que había resucitado. Pilatos
contemporizó con esta maliciosa cautela y les concedió las guardas que pedían, y las pusieron en el sepulcro.
Pero los pérfidos pontífices sólo pretendían oscurecer el suceso que temían, como se conoció después
cuando sobornaron a las guardas para que dijesen que no había resucitado Cristo nuestro Señor sino que le habían
robado sus discípulos. Y como no hay consejo contra Dios (Prov 21, 30), por este medio se divulgó más y se confirmó
la resurrección.

Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima.

1451. Hija mía, la herida que recibió mi Hijo santísimo en el costado con la lanza fue sólo para mí muy cruel y
dolorosa, pero sus efectos y misterios son suavísimos para las almas santas que saben gustar de su dulzura. A mí me
afligió mucho, mas a quien se encaminó este favor misterioso, sírvele de gran regalo y alivio en sus dolores. Y para
que tú lo entiendas y participes, debes considerar que mi Hijo y Señor, por el amor ardentísimo que tuvo a los
hombres, sobre las llagas de los pies y manos, quiso admitir la del costado sobre el corazón, que es el asiento del amor,
para que por aquella puerta entrasen como a gustarle y participarle en su misma fuente y allí tuviesen las almas su
refrigerio y refugio. Este sólo quiero yo que busques tú en el tiempo de tu destierro y que le tengas por habitación
segura sobre la tierra. Allí aprenderás las condiciones y leyes del amor en que imitarme y entenderás cómo en retorno
de las ofensas que recibieres has de volver bendiciones a quien las hiciere contra ti o contra alguna cosa tuya, como
has conocido que yo lo hice, cuando fui lastimada con la herida que recibió mi Hijo santísimo en el pecho ya difunto.
Y te aseguro, carísima, que no puedes hacer otra obra más poderosa para alcanzar con eficacia la gracia que deseas con
el Altísimo. Y no sólo para ti, sino también para el ofensor es poderosa la oración que se hace perdonando las injurias,
porque se conmueve el corazón piadoso de mi Hijo santísimo, viendo que le imitan las criaturas en perdonar y orar por
quien ofende, por lo que en esto participan de su excelentísima caridad que manifestó en la cruz. Escribe en tu corazón
esta doctrina y ejecútala para imitarme y seguirme en la virtud de que hice mayor estimación. Mira por aquella herida
el corazón de Cristo tu esposo y a mí en él, amando tan dulce y eficazmente a los ofensores y a todas las criaturas.
1452. Advierte también la providencia tan puntual y atenta con que el Altísimo acude oportunamente a las
necesidades de las criaturas que le llaman con verdadera confianza, como lo hizo Su Majestad conmigo cuando me
hallé afligida y desamparada para dar sepultura a mi Hijo santísimo, como debía hacerlo. Para socorrerme en este
aprieto, dispuso el Señor con piadosa caridad y afecto los corazones de José y Nicodemus y de los otros fieles que acudieron
a enterrarle. Y fue tanto lo que estos varones justos me consolaron en aquella tribulación, que por esta obra y mi
oración los llenó el Altísimo de admirables influencias de su divinidad, con que fueron regalados el tiempo que
duró el entierro y el descendimiento de la cruz, y desde aquella hora quedaron renovados e ilustrados de los
misterios de la Redención. Este es el orden admirable de la suave y fuerte Providencia del Altísimo, que para obligarse
de unas criaturas pone en trabajo a otras y mueve la piedad de quien puede hacer bien al necesitado, para que el
bienhechor, por la buena obra que hace y por la oración del pobre que la recibe, sea remunerado con la gracia que por
otro camino no mereciera. Y el Padre de las misericordias, que inspira y mueve con sus auxilios la obra que se hace, la
paga después como de justicia, porque correspondemos a sus inspiraciones con lo poco que de nuestra parte
cooperamos, en lo que por ser bueno es todo de su mano (Sant 1, 17).
1453. Considera también el orden rectísimo de esta Providencia en la justicia que ejecuta, recompensando los
agravios que se reciben con paciencia; pues habiendo muerto mi Hijo santísimo despreciado, deshonrado y blasfemado
de los hombres, ordenó el Altísimo luego que fuese honrosamente sepultado y movió a muchos para que le confesasen
por verdadero Dios y Redentor y le aclamasen por santo, inocente y justo, y que en la misma ocasión, cuando acababan
de crucificarle afrentosamente, fuese adorado y venerado con supremo culto como Hijo de Dios, y hasta sus mismos
enemigos sintiesen dentro de sí mismos el horror y confusión del pecado que cometieron en perseguirle. Aunque no
todos se aprovecharon de estos beneficios, pero todos fueron efectos de la inocencia y muerte del Señor. Y yo también
concurrí con mis peticiones, para que Su Majestad fuese conocido y venerado de los que conocía.

CAPITULO 25
 

Cómo la Reina del cielo consoló a San Pedro y a otros Apóstoles y la prudencia con que procedió después del entierro de su Hijo, cómo vio descender su alma santísima al limbo de los santos padres.

1454. La plenitud de sabiduría que ilustraba el entendimiento de nuestra gran Reina y señora María santísima, no
admitía defecto ni vacío alguno para que dejase de advertir y atender entre sus dolores a todas las acciones que la
ocasión y el tiempo le pedían. Y con esta divina prudencia lo llevaba todo y obraba lo más santo y perfecto de todas
las virtudes. Retiróse, como queda dicho (Cf. supra n. 1449)), después del entierro de Cristo nuestro bien a la casa del
cenáculo. Y estando en el aposento donde se celebraron las cenas, acompañada de San Juan Evangelista y de las
Marías y otras mujeres santas que seguían al Señor desde Galilea, habló con ellas y con el Apóstol, dándoles las
gracias con profunda humildad y lágrimas por la perseverancia con que hasta aquel punto la habían acompañado en el
discurso de la pasión de su amantísimo Hijo, en cuyo nombre les ofrecía el premio de su constante piedad y afecto con
que la habían seguido, y asimismo se ofrecía por sierva y amiga de aquellas santas mujeres. Y todas ellas con San Juan
Evangelista reconocieron este gran favor y la besaron la mano, pidiéndola su bendición. Suplicáronla también descansase
un poco y recibiese alguna corporal refección. Respondió la Reina: Mi descanso y mi aliento ha de ser ver a
mi Hijo y Señor resucitado. Vosotras, carísimas, satisfaced a vuestra necesidad como conviene, mientras yo me retiro a
solas con mi Hijo.
1455. Fuese luego a recoger acompañándola San Juan Evangelista, y estando con él a solas puesta de rodillas le dijo:
No es razón que olvidéis las palabras que mi Hijo santísimo nos habló desde la Cruz. Su dignación Os nombró por
hijo mío, a mí por madre Vuestra. Y Vos, señor, sois sacerdote del Altísimo. Por esta gran dignidad es razón que os
obedezca en todo lo que hubiere de hacer y desde esta hora quiero que me lo mandéis y ordenéis, advirtiendo que
siempre fui sierva, y toda mi alegría está puesta en obedecer hasta la muerte.— Esto dijo la Reina con muchas
lágrimas, y el Apóstol con otras copiosas la respondió: Señora mía y Madre de mi Redentor y Señor, yo soy quien ha
de estar sujeto a Vuestra obediencia, porque el nombre de hijo no dice autoridad sino rendimiento y sujeción a su
madre, y el que a mí me hizo sacerdote Os hizo a Vos su Madre y estuvo sujeto a vuestra voluntad y obediencia, siendo
Criador de todo el universo. Razón será que yo lo esté, y trabaje con todas mis potencias en corresponder dignamente
al oficio que me ha dado de serviros como hijo, en que deseara ser más ángel que terreno para cumplir con él.—Esta
respuesta del Apóstol fue muy prudente, pero no bastante para vencer la humildad de la Madre de las virtudes, que con
ella le replicó y dijo: Hijo mío Juan, mi consuelo será obedeceros como a cabeza, pues lo sois. Yo en esta vida siempre
he de tener superior a quien rendir mi voluntad y parecer; para esto sois ministro del Altísimo y como hijo me debéis
este consuelo en mi trabajosa soledad.—Hágase, Madre mía, Vuestra voluntad, respondió San Juan Evangelista, que en
ella está mi acierto.—Y sin replicar más, pidió licencia la divina Madre para quedarse sola en la meditación de los
misterios de su Hijo santísimo, y le pidió también saliese a prevenir alguna refección para las mujeres que la
acompañaban y que las asistiese y consolase; sólo reservó a las Marías, porque deseaban perseverar en el ayuno hasta
ver al Señor resucitado, y a éstas, dijo a San Juan Evangelista, las permitiese que cumpliesen su devoto afecto.
1456. Salió San Juan Evangelista a consolar a las Marías y ejecutó el orden que la gran Señora le había dado. Y
habiendo satisfecho la necesidad de aquellas mujeres piadosas, se recogieron todas y gastaron aquella noche dolorosas
y en amargas meditaciones de la pasión y misterios del Salvador. Con esta ciencia tan divina obraba María santísima
entre las olas de sus angustias y dolores, sin olvidar por esto el cumplimiento de la obediencia, de la humildad, caridad
y providencia tan puntual, con todo lo necesario. No se olvidó de sí misma por atender a la necesidad de aquellas
piadosas discípulas, ni por ellas estuvo inadvertida para todo lo que convenía a su mayor perfección. Admitió la
abstinencia de las Marías como más fuertes y fervientes en el amor, atendió a la necesidad de las más flacas, dispuso al
Apóstol, advirtiéndole lo que con ella misma debía hacer, y en todo obró como gran Maestra de la perfección y Señora
de la gracia, y todo esto hizo cuando las aguas de la tribulación habían inundado hasta su alma (Sal 68, 2). Porque en
quedando a solas en su retiro, soltó el corriente impetuoso de sus afectos dolorosos y toda se dejó poseer interior y
exteriormente de la amargura de su alma, renovando las especies de todos los tormentos y afrentosa muerte de su Hijo
santísimo, de los misterios de su vida, predicación y milagros, del valor infinito de la Redención humana, de la nueva
Iglesia que dejaba fundada con tanta hermosura y riquezas de sacramentos y tesoros de gracia, de la felicidad
incomparable de todo el linaje humano, tan copiosa y gloriosamente redimido, de la inestimable suerte de los
predestinados a quienes alcanzaría eficazmente, de la formidable desdicha de los réprobos que por su mala voluntad se
harían indignos de la eterna gloria que les dejaba su Hijo merecida.
1457. En la ponderación digna de tan altos y ocultos sacramentos pasó la gran Señora toda aquella noche llorando,
suspirando, alabando y engrandeciendo las obras de su Hijo, su pasión, sus juicios ocultísimos y otros altísimos
misterios de la divina sabiduría y oculta Providencia del Señor; y sobre todos pensaba y entendía como Madre única
de la verdadera sabiduría, confiriendo a veces con los Santos Ángeles y otras con el mismo Señor lo que su luz
divina le daba a sentir en su castísimo corazón. El sábado de mañana, después de las cuatro, entró San Juan
Evangelista deseoso de consolar a la dolorosa Madre, y puesta de rodillas le pidió ella que le diese la bendición como
Sacerdote y superior suyo. El nuevo hijo se la pidió también con lágrimas, y se la dieron uno a otro. Ordenó la
divina Reina que luego saliese a la ciudad, donde encontraría con brevedad a San Pedro que venía a buscarle y que le
admitiese, consolase y llevase a su presencia, y lo mismo hiciese con los demás Apóstoles que encontrase, dándoles
esperanza del perdón y ofreciéndoles su amistad. Salió San Juan Evangelista del cenáculo y a pocos pasos encontró a
San Pedro, lleno de confusión y lágrimas, que iba muy temeroso a la presencia de la gran Reina. Venía de la cueva
donde había llorado su negación, y el Evangelista le consoló y dio algún aliento con el recado de la divina Madre.
Luego los dos buscaron a los demás Apóstoles y hallaron algunos, y todos juntos se fueron al cenáculo, donde estaba
su remedio. Entró Pedro el primero y solo a la presencia de la Madre de la gracia y arrojándose a sus pies dijo con gran
dolor: Pequé, Señora, pequé delante de mi Dios, ofendí a mi Maestro y a Vos.—No pudo hablar otra palabra, oprimido
de las lágrimas, suspiros y sollozos que despedía de lo íntimo de su afligido corazón.
1458. La prudentísima Virgen, viendo a Pedro postrado en tierra y considerándole por una parte penitente de su
reciente culpa y por otra cabeza de la Iglesia elegido por su Hijo santísimo para vicario suyo, no le pareció conveniente
postrarse ella a los pies del pastor que tan poco antes había negado a su Maestro, ni sufría tampoco su humildad dejar
de darle la reverencia que se le debía por el oficio. Y para satisfacer a entrambas obligaciones, juzgó que convenía
darle reverencia y ocultarle el motivo. Para esto se le hincó de rodillas, venerándole con esta acción, y para disimular
su intento le dijo: Pidamos perdón de vuestra culpa a mi Hijo y vuestro Maestro.—Hizo oración y alentó al Apóstol
confortándole en la esperanza y acordándole las obras y misericordias que el Señor había hecho con los pecadores
reconocidos, y la obligación que él tenía como cabeza del Colegio Apostólico para confirmar con su ejemplo a todos
en la constancia y confesión de la fe. Y con estas y otras razones de gran fuerza y dulzura confirmó a Pedro en la
esperanza del perdón. Entraron luego los otros Apóstoles en la presencia de María santísima y postrados también a sus
pies la pidieron los perdonase su cobardía y haber desamparado a su Hijo santísimo en su pasión. Lloraron todos
amargamente su pecado, moviéndoles a mayor dolor la presencia de la Madre llena de lastimosa compasión, pero su
semblante tan admirable les causaba divinos efectos de contrición de sus culpas y amor de su Maestro. Y la gran
Señora los levantó y animó, prometiéndoles el perdón que deseaban y su intercesión para alcanzarle. Luego
comenzaron todos por su orden a contar lo que a cada uno había sucedido en su fuga, como si algo de ello ignorara la
divina Señora. Pero dioles grata audiencia a todo, tomando ocasión de lo que decían para hablarles al corazón y
confirmarlos en la fe de su Redentor y Maestro y despertar en ellos su divino amor. Y todo lo consiguió María
santísima eficazmente, porque de su presencia y conferencia salieron todos fervorizados y justificados con nuevos
aumentos de gracia.
1459. En estas obras se ocupó nuestra divina Reina parte del sábado. Y cuando se hizo tarde se retiró otra vez a su
recogimiento, dejando a los Apóstoles renovados en el espíritu y llenos de consuelo y gozo del Señor, pero siempre
lastimados de la pasión de su Maestro. En el retiro de esta tarde convirtió la gran Señora su mente a las obras que hacía
el alma santísima de su Hijo después que salió de su sagrado cuerpo. Porque desde entonces conoció la beatísima
Madre cómo aquella alma de Cristo unida a la divinidad descendía al limbo de los Santos Padres para sacarlos de
aquella cárcel soterránea, donde estaban detenidos desde el primer justo que murió en el mundo esperando la venida
del universal Redentor de los hombres. Y para declarar este misterio, que es uno de los artículos de la santísima
humanidad de Cristo nuestro Señor, me ha parecido dar noticia de todo lo que a mí se me ha dado a entender sobre
aquel lugar del limbo y su asiento. Digo, pues, que la tierra y su globo tiene de diámetro, pasando por el centro de una
superficie a otra, dos mil quinientas y dos leguas [legua ~ 5.556 Km] , y hasta la mitad, que es el centro, hay mil
doscientas cincuenta y una, y respecto del diámetro se ha de medir la redondez de este globo. En el centro está el
infierno de los condenados como en el corazón de la tierra, y este infierno es una caverna o caos que contiene muchas
estancias tenebrosas con diversidad de penas, todas formidables y espantosas, y de todas se formó un globo al modo de
una tinaja de inmensa magnitud, con su boca o entrada muy espaciosa y dilatada. En este horrible calabozo de
confusión y tormentos estaban los demonios y todos los condenados, y estarán en él por toda la eternidad mientras
Dios fuere Dios, porque en el infierno no hay ninguna redención.
1460. A un lado del infierno está el purgatorio, donde las almas de los justos purgan y se purifican, cuando en esta
vida no acabaron de satisfacer por sus culpas, ni salen de ella tan limpios de sus defectos que puedan luego llegar a la
visión beatífica. Esta caverna también es grande, pero mucho menos que el infierno. A otro lado está el limbo con dos
estancias diferentes: una para los niños que mueren con solo el pecado original y sin obras buenas ni malas del propio
albedrío; otra servía para depositar las almas de los justos, purgados ya sus pecados, porque no podían entrar en el
cielo ni gozar de Dios hasta que se hiciese la Redención humana y Cristo nuestro Salvador abriese las puertas que
cerró el pecado de Adán. Esta caverna del limbo también es menor que el infierno y no se comunica con él, ni tiene
penas del sentido como el purgatorio, porque ya llegaban a él las almas purificadas desde el purgatorio y sólo carecían
de la visión beatífica, que es pena de daño, y allí estaban todos los que habían muerto en gracia hasta que murió el
Salvador. A este lugar del limbo bajó su alma santísima con la divinidad, cuando decimos que bajó a los infiernos,
porque este nombre de infierno significa cualquiera parte de aquellas inferiores que están en lo profundo de la tierra;
aunque en el común modo de hablar por el nombre de infierno entendemos el de los demonios y condenados, porque
aquél es el más famoso significado, como por nombre de cielo entendemos el empíreo ordinariamente, donde están los
santos, y donde permanecerán para siempre, como los condenados en el infierno, aunque el limbo y purgatorio
tienen otros nombres particulares. Y después del juicio final sólo el cielo y el infierno serán habitados, porque
el purgatorio no será necesario y del limbo han de salir también los niños a otra habitación diferente.
1461. A está caverna del limbo llegó el alma santísima de Cristo nuestro Señor, acompañada de innumerables
Ángeles que como a su Rey victorioso y triunfador le iban alabando, dando gloria, fortaleza y divinidad. Y para
representar su grandeza y majestad, mandaban que se abriesen las puertas de aquella antigua cárcel, para que el Rey de
la gloria, poderoso en las batallas y Señor de las virtudes, las hallase francas y patentes en su entrada. Y en virtud de
este imperio se quebrantaron y rompieron algunos peñascos del camino, aunque no era necesario para entrar el Rey
y su milicia, que todos eran espíritus subtilísimos. Con la presencia del alma santísima aquella oscura caverna se
convirtió en cielo, porque toda se llenó de admirable resplandor, y las almas de los justos que allí estaban fueron
beatificadas con visión clara de la divinidad, y en un instante pasaron del estado de tan larga esperanza a la eterna
posesión de la gloria y de las tinieblas a la luz inaccesible que ahora gozan. Reconocieron todos a su verdadero Dios
y Redentor y le dieron gracias y alabanzas con nuevos cánticos de loores y decían: Digno es el Cordero que fue
muerto de recibir divinidad, virtud y fortaleza. Redimístenos, Señor, con tu sangre de todos los tribus, pueblos y
naciones; hicístenos reino para nuestro Dios, y reinaremos. Tuya es, Señor, la potencia, tuyo el reino y tuya es la gloria
de tus obras (Ap 5, 9-12).—Mandó luego Su Majestad a los Ángeles que sacasen del purgatorio todas las almas que en
él estaban padeciendo y al punto fueron traídas todas a su presencia. Y como en estrenar de la Redención humana
fueron todas absueltas por el mismo Redentor de las penas que les faltaban de padecer y fueron glorificadas como las
demás almas de los justos con la visión beatífica. De manera, que aquel día en la presencia del Rey quedaron desiertas
las dos cárceles limbo y purgatorio.
1462. Para solo el infierno de los condenados fue terrible este día, porque fue disposición del Altísimo que todos
conociesen y sintiesen el descender al limbo el Redentor, y también que los Santos Padres y justos conociesen el terror
que puso este misterio a los condenados y demonios. Estaban éstos aterrados y oprimidos con la ruina que padecieron
en el monte Calvario, como se dijo arriba (Cf. supra n. 1421), y como oyeron —en el modo que hablan y oyen— las
voces de los Ángeles que iban delante de su Rey al limbo, se turbaron y atemorizaron de nuevo y como serpientes
cuando las persiguen se escondían y pegaban a las cavernas infernales más remotas. A los condenados sobrevino nueva
confusión sobre confusión, conociendo con mayor despecho sus engaños y que por ellos perdieron la Redención de
que los justos se aprovecharon. Y como Judas Iscariotes y el mal ladrón eran más recientes en el infierno y señalados
mucho más en esta desdicha, así fue mayor su tormento, y los demonios se indignaron más contra ellos; y cuanto era
de su parte propusieron los malignos espíritus perseguir y atormentar más a los cristianos que profesasen su fe católica,
y a los que la negasen o cayesen darles mayor castigo, porque juzgaban que todos éstos merecían mayores penas que
los infieles a quien no se les predicó la fe.
1463. De todos estos misterios y otros secretos del Señor que no puedo yo declarar, tuvo noticia y singular visión la
gran Señora del mundo desde su retiro. Y aunque esta noticia en la porción o parte superior del espíritu, donde la
recibía, le causó admirable gozo, no lo participó en su virginal cuerpo, sentidos y parte sensitiva, como naturalmente
pudiera redundar en ella, antes bien, cuando sintió que se extendía algo este júbilo a la parte inferior del alma, pidió al
Eterno Padre se le suspendiese esta redundancia, porque no la quería admitir en su cuerpo mientras el de su Hijo
santísimo estaba en el sepulcro y no era glorificado. Tan advertido y fiel amor fue el de la prudentísima Madre con su
Hijo y Señor, como imagen viva, adecuada y perfecta de aquella humanidad deificada. Y con esta atenta fineza quedó
llena de gozo en el alma y de dolores y congoja en el cuerpo, al modo que sucedió en Cristo nuestro Salvador. Pero en
esta visión hizo cánticos de alabanza, engrandeciendo el misterio de este triunfo, y la amantísima y sabia Providencia
del Redentor, que como Padre amoroso y Rey omnipotente quiso bajar por sí mismo a tomar la posesión de aquel
nuevo reino que por sus manos le entregó su Padre, y quiso rescatarlos con su presencia para que en el mismo
comenzasen a gozar el premio que les había merecido. Y por todas estas razones y las demás que conocía de este
sacramento se gozaba y glorificaba al Señor como Coadjutora y Madre del triunfador.
Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima.
1464. Hija mía, atiende a la enseñanza de este capítulo, como más legítima y necesaria para ti en el estado que te ha
puesto el Altísimo y para lo que de ti quiere en correspondencia de su amor. Esto ha de ser, que entre las operaciones,
ejercicios y comunicación con las criaturas, ahora sean como prelada o como súbdita, gobernando, mandando u
obedeciendo, por ninguna de éstas o de otras ocupaciones exteriores pierdas la atención y vista del Señor en lo íntimo
y superior del alma, ni te distraigas de la luz del Espíritu Santo, que te asistirá para la incesante comunicación; que
quiere mi Hijo santísimo en el secreto de tu corazón aquellas sendas que quedan ocultas al demonio y no alcanzan a
ellas las pasiones, porque guían al santuario, donde entra sólo el sumo sacerdote (Heb 9, 7), y donde el alma goza de
los ocultos abrazos del Rey y del Esposo, cuando toda y desocupada le previene el tálamo de su descanso. Allí hallarás
propicio a tu Señor, liberal al Altísimo, misericordioso a tu Criador y amoroso a tu dulce Esposo y Redentor, y no
temerás la potestad de las tinieblas, ni los efectos del pecado, que se ignoran en aquella región de luz y de verdad. Pero
cierra estos caminos el amor desordenado de lo visible, los descuidos en la guarda de la divina ley, embarázalos
cualquier apego y desorden de las pasiones, impídelos cualquiera inútil atención y mucho más la inquietud del ánimo y
no guardar serenidad y paz interior, que todo se requiere solo, puro y despejado de lo que no es verdad y luz.
1465. Bien has entendido y experimentado esta doctrina y sobre eso te la he manifestado en práctica como en claro
espejo. El modo de obrar que tenía entre los dolores, congojas y aflicciones de la pasión de mi Hijo santísimo, y entre
los cuidados, atención, ocupaciones y desvelo con que acudí a los Apóstoles, al entierro, a las mujeres santas, y en todo
el resto de mi vida has conocido lo mismo y cómo juntaba estas operaciones con las de mi espíritu, sin que se
encontrasen ni impidiesen. Pues para imitarme en este modo de obrar, como de ti lo quiero, necesario es que ni por el
trato forzoso de las criaturas, ni por el trabajo de tu estado, ni por las penalidades de la vida de este destierro, ni por las
tentaciones ni malicia del demonio, admitas en tu corazón afecto alguno que te impida ni atención que te divierta el
interior. Y te advierto, carísima, que si en este cuidado no eres muy vigilante, perderás mucho tiempo, malograrás
infinitos y extraordinarios beneficios y frustarás los altísimos y santos fines del Señor, y me contristarás a mí y a los
Ángeles, que todos queremos sea tu conversación con nosotros; y tú perderás la quietud de tu espíritu y consuelo de tu
alma y muchos grados de gracia y aumentos del amor divino que deseas y al fin copiosísimo premio en el cielo. Tanto
te importa oírme y obedecerme en lo que te enseño con dignación de Madre. Considéralo, hija mía, pondéralo y
atiende a mis palabras en tu interior, para que las pongas por obra con mi intercesión y con la divina gracia. Advierte
asimismo a imitarme en la fidelidad del amor con que excusé el regalo y júbilo, por imitar a mi Señor y Maestro y
alabarle por esto y por el beneficio que hizo a los santos del limbo, bajando su alma santísima a rescatarlos y llenarlos
del gozo de su vista, que todas fueron obras de su infinito amor.