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jueves, 17 de septiembre de 2015

El secreto eficaz para lograr un matrimonio feliz según J.R.R. Tolkien

Tolkien y Edith ya mayores; tuvieron cuatro hijos y casi toda la vida su economía fue muy ajustada, pero en la vejez, con el éxito de los libros, pudieron permitirse más vacaciones que antes y él pudo dedicarle más tiempo a ella 


Cuando conoció a su futura esposa, Edith, a la edad de 16 años, se enamoró locamente de ella y empezó inmediatamente a cortejarla de manera informal, llevándola a menudo a salas de té. Cuando el sacerdote que ejercía de tutor de Tolkien supo del romance, le prohibió seguir en contacto con Edith hasta que tuviera 21 años, para que no se distrajera de los estudios.

Tolkien obedeció de mala gana. Durante largos años esperó a la que él sabía que era su alma gemela. La vigilia de su vigésimo primer cumpleaños le escribió una carta en la que le declaraba su amor y le pedía su mano en matrimonio. Una semana más tarde estaban prometidos.

Edith de soltera

Enamorado de su esposa toda su vida
A lo largo de su vida Tolkien escribió poemas de amor a su mujer y en sus cartas a sus amigos escribe entusiasmado sobre ella. Pero tal vez el tributo más famoso e imperecedero que le dedicó a su amada esposa fue reflejar su romance en la historia mitológica de Beren y Lúthien en la Tierra Media. Es difícil encontrar un tributo más conmovedor.

Tolkien escribió a su hijo Christopher:
"Nunca llamé a Edith Lúthien, pero ella era la fuente de la historia que con el tiempo se convirtió en la parte principal del Silmarillion. Inicialmente fue concebida en un pequeño claro en un bosque lleno de cicutas en Roos, en Yorkshire, donde permanecí durante una breve temporada al mando de un puesto de avanzada de la Guarnición Humber y en el que ella pudo vivir durante un cierto tiempo conmigo. En esos días su cabello era negro azabache, su piel clara, sus ojos más brillantes de como tú los has visto y cantaba y bailaba".

Ni siquiera en la muerte Tolkien abandonó a su Edith. Está enterrado junto a ella bajo una única lápida donde están grabados los nombres de Beren y Luthien. Usando una frase muy común, Tolkien estaba muy enamorado de su esposa.



El amor verdadero duele
J.R.R. Tolkien estuvo felizmente casado durante 55 años. En comparación, el índice de divorcios actualmente es increíblemente alto y algunos, respecto al matrimonio monógamo, se rinden porque dicen que no es posible o no es sano. ¿Qué tenía el matrimonio de Tolkien que otros no tienen? ¿Por qué el suyo funcionaba? La respuesta es simple: él entendió que el verdadero amor implica la negación de uno mismo.

La noción actual del amor es puro sentimiento y está centrada especialmente en uno mismo. Si alguien te excita, si tu pulso se acelera, si te afirma a ti y a tus deseos, entonces puedes decir que estás enamorado según las definiciones actuales.

Aunque estaba profundamente unido a su mujer, Tolkien rechazaba esta idea superficial del amor. Él abrazaba la concepción católica del amor verdadero como sentimiento centrado en el otro y que implica el sacrificio de los instintos naturales y un acto firme de la voluntad.

Para ilustrar la profunda visión de Tolkien sobre el amor marital, quiero compartir un pasaje de una carta a su hijo, Michael Tolkien. Es un aspecto distinto de Tolkien que muchos desconocen. Para los que tienen un visión excesivamente sentimental del amor, sus palabras pueden ser sorprendentes, incluso ofensivas. Sin embargo, él expresaverdades que, si se entienden y abrazan, aportan verdad y felicidad duradera al matrimonio. He aquí una versión abreviada de su carta.

"Lo mejor llega mediante la negación, el sufrimiento"
»Los hombres no son [monógamos]. Negar lo contrario no es bueno. Los hombres no lo son y no es debido a su naturaleza animal. La monogamia, aunque ha sido durante mucho tiempo fundamental en el legado de nuestras ideas, es para nosotros, los hombres, un trozo de "ética revelada" según la fe y no la carne.

»La esencia de un mundo caído es que lo mejor no puede alcanzarse mediante un placer libre o lo que es llamado "auto-realización" (normalmente un nombre bonito para la auto-satisfacción, totalmente adversa para la realización del otro), sino por la negación, por el sufrimiento. La fidelidad en los matrimonios cristianos conlleva esto: una gran mortificación.

»Para un hombre cristiano no hay huida. El matrimonio puede ayudarle a santificar y a dirigir sus deseos sexuales hacia su fin adecuado; la gracia puede ayudarle en la lucha, pero la lucha permanece. No le satisfará (del mismo modo que el hambre se mantiene alejada con comidas regulares) y le proporcionará tantas dificultades para mantener la pureza en ese estado como le proporcionará alivio.

»Ningún hombre, a pesar del amor sincero que siente hacia su prometida y esposa cuando era joven, ha vivido fielmente con ella como esposa en mente y cuerpo sin elejercicio deliberado y consciente de su voluntad, sin el sacrificio. A pocos se les dice esto, incluso si han crecido "en la Iglesia". Los que están fuera de ella raramente lo han oído.

»Cuando el encanto desaparece o simplemente disminuye, piensan que se han equivocado y que aún tienen que encontrar a su verdadera alma gemela. La´verdadera alma gemela´ suele ser a menudo la siguiente mujer sexualmente atractiva que encuentran, con quien ellos podrían ciertamente estar casados con éxito si solo… Y aquí es cuando llega el divorcio, sustentado por ese "si solo…".

»Desde luego, como regla, tienen razón: cometieron un error. Sólo un hombre muy sabio puede, al final de su vida, hacer un juicio sólido sobre con quien, de entre todas las posibles oportunidades, ¡él debería haberse casado con éxito! Casi todos los matrimonios, incluso los felices, son errores en el sentido de que casi seguramente -en un mundo más perfecto o incluso con algo más de cuidado en este mundo tan imperfecto- ambos cónyuges podrían haber encontrados parejas más adecuadas.

»Pero la "verdadera alma gemela" es aquella con la que estás ya casado. En este mundo caído tenemos como únicas guías la prudencia, la sabiduría (escasa en la juventud, demasiado tarde en la vejez), un corazón limpio y la fidelidad de la voluntad…
(Cartas de J.R.R. Tolkien, págs. 51-52)

El amor es una batalla
Como he dicho, muchos se pueden sentir ofendidos por la claridad con la que Tolkien habla sobre el matrimonio. "Si de verdad amas a una persona" podrían argumentar, "¡no debería ser duro amarla! ¡No debería ser una lucha! ¿El matrimonio como mortificación? ¡Es una ofensa! Tú no debes amar verdaderamente a tu mujer".

Este tipo de pensamiento se olvida de un punto y es que el verdadero amor es una lucha contra el amor a uno mismo. Es una lucha contra nuestras naturalezas caídas y tremendamente egoístas. Es un morir que da la vida. Y cualquier hombre que sea honesto consigo mismo tiene que admitir que Tolkien tenía razón. La lucha por la castidad y la fidelidad no termina nunca, a pesar de lo mucho que ames a tu esposa.

La esencia del amor es un acto de la voluntad. En un matrimonio los sentimientos vienen y van. Los que tienen matrimonios felices son los que eligen - eligen amar a sus mujeres más que a ellos mismos, eligen sacrificar sus deseos a corto plazo por una felicidad a largo plazo, eligen dar en lugar de tomar.

¿Y sabes qué? Cuando eliges ser fiel, la felicidad inevitablemente llega. Muchos abandonan cuando las cosas se vuelven difíciles; si en cambio eligieran simplemente ser fieles y luchar, encontrarían la verdadera felicidad esperándoles al final de la batalla.

No es cuestión de ser compatibles, sino felices
Como otro católico felizmente casado, G.K. Chesterton, escribió una vez: "He conocido muchos matrimonios felices, pero nunca uno compatible. El único fin del matrimonio es luchar y sobrevivir al instante cuando la incompatibilidad se convierte en algo incuestionable. Porque el hombre y la mujer, como tales, son incompatibles".

En un matrimonio la verdadera alegría y la felicidad duradera son posibles. Innumerables matrimonios, incluyendo el de Tolkien, lo demuestran. Pero nunca encontraremos esta alegría si nos centramos en nosotros mismos. 

La paradoja es que debes olvidarte de ti mismo para encontrar la felicidad que buscas.

Hombres, si deseáis un matrimonio fiel y feliz debéis morir a vosotros mismos. Vuestra esposa debe estar en primer lugar. Tenéis que amarla a través del sacrificio y la negación de vosotros mismos, tal como Cristo amó a su esposa, la Iglesia. Este es el sencillo secreto que muchos olvidan.

(Publicado originariamente en inglés en The Catholic Gentleman; traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)


Tomado de: http://www.religionenlibertad.com

sábado, 16 de abril de 2011

Oracion de los novios para el día de su boda


Madre nuestra:

En tu nombre hemos unido nuestros corazones. Queremos que presidas
nuestro amor; que defiendas, conserves y aumentes nuestra ilusión.
Quita de nuestro camino cualquier obstáculo que haga nacer la sombra
o las dudas entre los dos. Apártanos del egoísmo que paraliza el
verdadero amor. Líbranos de la ligereza que pone en peligro la gracia
en nuestras almas.
Haz que, abriéndonos nuestras almas, merezcamos la maravilla de
encontrar a Dios el uno en el otro. Haz que nuestro trabajo sea ayuda
y estímulo para lograrlos plenamente. Conserva la salud de nuestros
cuerpos. Resuelve nuestras necesidades materiales. Y haz que el sueño
de un hogar nuevo y de unos hijos nacidos de nuestro amor y del
cuerpo, sean realidad y camino que nos lleve rectamente a tu corazón.

Amén.

Fuente: Devociones.org
Véase tambien: Oracion de los novios

martes, 21 de diciembre de 2010

Otro matrimonio camino a los altares


Se ha abierto en Roma el proceso de beatificación de los esposos Settimio Manelli y Licia Gualandris, padres de 21 hijos, entre los cuales se encuentra el fundador de los Franciscanos de la Inmaculada. San Pío de Pietrelcina, según informa la Positio, les había profetizado: “Superaréis los 20 hijos”.

***

Aunque en la casa sólo entrara el sueldo de él, tuvieron en total 21 hijos: un ejemplo de “confianza” y de “aceptación” cristiana que la Iglesia, con la causa de beatificación del matrimonio, indica también a las familias de hoy. Las vidas de “esposos y padres ejemplares” de Settimio Manelli (1886-1978) y Licia Gualandris (1907-2004) llegan al proceso para la elevación al honor de los altares. En efecto, mañana a las 12 hs, en el Aula della Conciliazione del Vicariato de Roma, se abrirá oficialmente la causa con la constitución del Tribunal diocesano y con el juramento de los miembros y del postulador, padre Massimiliano Pio M. Maffei, y de la vicepostuladora, madre M. Grazia Palma.

La particularidad y la “fecundidad” de la descendencia de los Manelli está también el en hecho de que uno de los 21 hijos, Stefano Maria, fundó en 1990 la Orden de los Franciscanos de la Inmaculada, que en pocos años ha llegado a comprender al menos mil miembros, entre frailes y hermanas, mientras que otro, Pio, ha tenido a su vez nueve hijos, de los cuales siete entraron también en la orden religiosa. “Hoy, entre hijos todavía vivos, nietos y bisnietos, la familia cuenta en total con doscientas personas: una descendencia grandiosa”, dice el padre Stefano Maria en vísperas de la ceremonia en el Vicariato.

Settimio Manelli, originario de Teramo, maestro y director en escuelas secundarias, y Licia Gualandris, nacida en Nembro (Bérgamo), se casaron en 1926 y vivieron en Roma. Ambos, desde 1924, conocieron de cerca al Padre Pío, del que se convirtieron en hijos espirituales (y que definió a Settimio “un cristiano de una pieza”) e hicieron profesión como terciarios franciscanos. Incluso en tiempos marcados por la guerra y por condiciones económicas adversas, no dudaron en aceptar los 21 hijos como verdaderos “dones de Dios”. “Recuerdo un episodio de cuando tenía 10 años – cuenta el padre Stefano Maria. Papá entró a casa y mamá le dijo tímidamente, casi en un susurro: «¿Sabes que estoy embarazada de nuevo?». Y él: «¿Ves? Hay otra llama que Dios ha encendido». “Su ejemplo – prosigue – era de aceptar la vida, nunca rechazarla. Y también esto venía de la gran escuela del Padre Pío, con una conducta fidelísima al Evangelio”. El religioso recuerda que, un día, el santo de Pietrelcina, frente a una audiencia de docentes, indicó a Settimio Manelli como un hombre “que observa y vive el Evangelio a la letra”, es decir, su “norma verdadera y concreta”.

Las cosas no fueron fáciles, durante la guerra no llegaba ni siquiera el sueldo como profesor y se iba hacia delante “con la ayuda de los comerciantes, que daban créditos”. Pero lo que ayudaba a hacer avanzar “la empresa” – así la llama el padre Stefano – de una familia tan numerosa “era la asistencia de Dios, la ayuda de la Providencia”. “Papá y mamá – añade – nos invitaban siempre a tener confianza en la Providencia, esperaban su llegada a casa como si fuese una persona”.

El hecho es que, de los 13 hijos que han quedado, “ocho han obtenido una licenciatura y, de todos modos, todos se han instalado”. Un mensaje “para la vida y para la familia” el de los Manelli, frente a los núcleos “destrozados” de hoy. También la confianza, sin embargo, según el padre Stefano, “se cultiva, en particular, con la oración”. “Papá – cuenta – comulgaba todas las mañanas yendo a Misa antes de dirigirse rápidamente a la escuela”.

La llegada a la causa de beatificación, tiempo atrás considerada difícil, “ha estado guiada desde lo alto”. “Hoy son nuestros padrinos – dice el padre Stefano sobre sus padres, pensando en su orden de los Franciscanos de la Inmaculada-. Una vez beatos, serán nuestros protectores”.

Fuente: La Buhardilla de Jerónimo

domingo, 15 de febrero de 2009

EL VERDADERO AMOR


Un sabio maestro se encontró frente a un grupo de jóvenes que se declaraban en contra del matrimonio. Los muchachos argumentaban que el romanticismo constituye el verdadero sustento de las parejas y que es preferible acabar con la relación cuando éste se apaga en lugar de entrar a la hueca monotonía del matrimonio.

El maestro les escuchó con atención y después les relató un testimonio personal:

- Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi mamá bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno cuando sufrió un infarto y cayó. Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y casi a rastras la subió a la camioneta. A toda velocidad, condujo hasta el hospital mientras su corazón se despedazaba en profunda agonía. Cuando llegó, por desgracia, ella ya había fallecido.

Durante el sepelio, mi padre no habló, su mirada estaba perdida. Casi no lloró. Esa noche sus hijos nos reunimos con él. En un ambiente de dolor y nostalgia recordamos hermosas anécdotas. Él pidió a mi hermano teólogo que dijera algunas reflexión sobre la muerte y la eternidad. Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte. Mi padre escuchaba con gran atención. De pronto pidió "llévenme al cementerio".

"Papá" respondimos "¡Son las 11 de la noche! No podemos ir al cementerio ahora!" Alzó la voz y con una mirada vidriosa dijo: "No discutan conmigo por favor, no discutan con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años". Se produjo un momento de respetuoso silencio. No discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador y, con una linterna llegamos a la lápida. Mi padre la acarició, oró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena conmovidos: "Fueron 55 buenos años...¿saben?, Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una mujer así". Hizo una pausa y se limpió la cara. "Ella y yo estuvimos juntos en todo. Alegrías y penas. Cuando nacieron ustedes, cuando me echaron de mi trabajo, cuando ustedes enfermaban", continuó "Siempre estuvimos juntos. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de seres queridos, rezamos juntos en la sala de espera de muchos hospitales, nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos y perdonamos nuestras faltas... hijos, ahora se ha ido y estoy contento, ¿saben por que?, porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida. Seré yo quien pase por eso, y le doy gracias a Dios. La amo tanto que no me hubiera gustado que sufriera..."

Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló:

- "Todo está bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen día". Esa noche entendí lo que es el verdadero amor. Dista mucho del romanticismo y no tiene que ver con el erotismo. Más bien es una comunión de corazones que es posible porque somos imagen de Dios. Es una alianza que va mucho mas allá de los sentidos y es capaz de sufrir y negarse cualquier cosa por el otro."

Cuando el maestro terminó de hablar, los jóvenes universitarios no pudieron debatirle. Ese tipo de amor les superaba en grande. Pero, aunque no tuviesen la valentía de aceptarlo de inmediato, podían presentir que estaban ante el amor verdadero. El maestro les había dado la lección mas importante de sus vidas.

Efesios 3:17-21 Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios. A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos.
Amén.

Efesios 5:25 Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella.

Autor desconocido.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Planificación Natural de la Familia

Planificación Natural de la Familia
Dr. Luis E. Ráez

Un estudio sobre métodos de planificación familiar publicado en 1995, encontró que menos del dos por ciento de parejas fértiles recurre a los métodos naturales de planificación familiar. Probablemente, este bajo número se explique por la popularidad de la píldora anticonceptiva, el desprestigio del «método del ritmo» o «método calendario» por su baja efectividad, y el desconocimiento generalizado acerca de los métodos modernos de planificación natural de la familia.
Todos sabemos que la principal limitación del llamado «método calendario» radica en que los ciclos ovulatorios de las mujeres no son siempre constantes -pueden ser más largos o cortos- por lo que no siempre la ovulación (y con ello el periodo fértil) llega en la fecha preestablecida. Sin embargo, ahora existen varios métodos de planificación familiar natural mucho más efectivos y que también están en plena concordancia con los principios morales. Es importante destacar esto porque se observa cierto relajamiento entre los católicos respecto a las enseñanzas de la Iglesia en materia de planificación familiar. Aunque muchos católicos no estemos aún preparados para difundir estos métodos naturales a gran escala, no podemos olvidar que la píldora llamada «anticonceptiva» ha sido por décadas denunciada por la Iglesia debido a la posibilidad de que alguno de sus tres mecanismos de acción involucre el aborto espontáneo de bebés recién concebidos. Como católicos, tenemos el deber moral de conocer lo que nuestra Iglesia enseña en este tema tan importante para la vida de la familia y las alternativas que tenemos.
Los nuevos métodos de planificación familiar natural como el del «moco cervical», el «método sintotérmico» y otros, se basan generalmente en los principios científicos desarrollados por los doctores John y Evelyn Billings y James Brown que descubrieron hace más de 30 años que se podía predecir los cambios hormonales que conducen a la ovulación (y fertilidad) mediante la observación simple y directa del moco cervical. Estos estudios no se desarrollaron explícitamente para buscar un método de planificación familiar natural sino para ayudar a las parejas con dificultades para concebir, permitiéndoles predecir los pocos días de fertilidad en el ciclo de la mujer. Como se sabe, de los 28 días de un ciclo normal, una mujer solamente puede concebir en 4 o 5 días debido a la corta vida del óvulo y los espermatozoides.
Los métodos naturales modernos no gozan de popularidad entre los médicos debido a que exigen que la pareja tenga un buen grado de comunicación, respeto, y esté de acuerdo en vivir la abstinencia en los días de posible fertilidad. En una sociedad hedonizada como la que vivimos, esta responsabilidad parece muy difícil de aceptar.
Otra excusa muy usada es el prejuicio establecido y la confusión por el antiguo «método calendario», que no tiene relación alguna con los nuevos métodos. Existe evidencia científica sólida para afirmar que el método del «moco cervical» bien usado tiene una efectividad del 98.5 por ciento, algo muy difícil de conseguir incluso con las píldoras «contraceptivas». Este estudio se realizó entre mujeres pobres y de bajo nivel cultural de cinco diferentes lugares del mundo incluyendo India, y sus resultados fueron publicados en 1978 en la revista Contraception , y posteriormente por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1982 en la revista Fertility and Sterility . En el año 2000 el «Programa de enseñanza del Método Billings» en la China reportó que entre sus 992 usuarias no se había registrado embarazo alguno.
Más que preocuparnos por la efectividad de los «métodos», los católicos debemos entender que la abstinencia periódica es probablemente un designio establecido desde la creación. Por algún motivo, cada mujer tiene en su ciclo sólo unos días en los que puede concebir, y si es voluntad y necesidad de los esposos espaciar los nacimientos, se pueden aplicar estos conceptos a la vida de pareja. Enfatizo que no es cuestión de tener un «método» perfecto porque los métodos naturales son sólo una parte de la vida de la pareja cristiana que vive el amor en todas sus dimensiones. Por esta misma razón, no tendría sentido que personas no casadas empiecen a usar estos conocimientos para tener relaciones pre-matrimoniales. Ser cristiano es un estilo de vida que abarca una vida conyugal dentro de la cual los métodos naturales de planificación familiar pueden jugar un papel importante.
La relación íntima entre los esposos tiene un fin unitivo y otro procreador, los métodos naturales bien usados dejan abierta siempre la posibilidad de que voluntad de Dios cree una nueva vida. La enseñanza de la Iglesia sobre la regulación de la natalidad, desde la encíclica Humanae Vitae del Papa Paulo VI (1968) hasta la fecha, con numerosos llamados de atención del Papa Juan Pablo II, ha sido clara en advertir los peligros de la anticoncepción para el matrimonio y la vida familiar. Pablo VI explicaba que «la Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los periodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias. En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no se seguirá; pero es igualmente verdad que solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en los periodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable, y hacen uso después en los periodos agenésicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto» (Humanae Vitae 16).

Fuente: http://www.aciprensa.com/vida/planificacion.htm