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martes, 25 de octubre de 2011

Carta de un alma condenada

Queridos amigos lectores de Romanistas, este texto que publico aquí lo leí por primera vez en el año 2006 de otro sitio católico, me hizo reflexionar mucho y quiero compartirlo con ustedes, ahora lo he tomado del sitio Benditas Almas <<Asociación par las Benditas Almas del Purgatorio >>





Carta de un alma condenada

Este texto, fuerte y conmovedor, nos lo envia un Sacerdote Jesuita amigo, quien lo acompaña con la siguiente introducción:
Este material no es del gusto actual, de la sociedad moderna, por supuesto del gusto mundano, ni lamentablemente de muchos entre los llamados fieles cristianos. Debemos prestar atención hoy día a esta realidad y verdad de fe definida en la Iglesia Católica, acerca de la existencia del infierno y de su duración eterna. Tristemente, el abandono consciente o inconsciente de su consideración, está llevando a muchos a negar su existencia, con consecuencias más que lamentables en la conducta y en su ineludible juicio Divino. Lo que sigue, guste o no, no es argumento para adoptar la conocida actitud llamada del avestruz, de esconder la cabeza bajo las alas.
Este texto no configura ninguna definición eclesiástica, sino que es sólo un escrito privado que goza de licencia eclesiástica, para que pueda imprimirse y por tanto leerse.
Carta del más allá
Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo que la llevó al Infierno
Imprimatur del original alemán: Brief aus dem Jenseits - Treves, 9-11-1953.N.4/53

Introducción al texto original

Dios se comunica con los hombres de muchas maneras. Las Sagradas Escrituras se refieren a muchas comunicaciones divinas hechas a través de visiones y aún de sueños. Los sueños, no siempre son sólo sueños.
La "carta del más allá" que se transcribe seguidamente se refiere a la condenación eterna de una joven. A primera vista parece una historia novelada. Pero considerando las circunstancias se llega a la conclusión de que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su sentido moral y su alcance trascendental.
El original de esta carta fue encontrado entre los papeles de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada. Allí cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su compañera como si fueran hechos conocidos y verificados, así como su condenación eterna comunicada en un sueño. La Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su publicación como lectura sumamente instructiva.
La "carta del más allá" apareció por primera vez en un libro de revelaciones y profecías, junto con otras narraciones. Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina católica.
Entre los manuscritos dejados en su convento por una religiosa, que en el mundo se llamó Clara, se encontró el siguiente testimonio:

El relato de Clara
Tuve una amiga, Anita. Es decir, éramos muy próximas por ser vecinas y compañeras de trabajo en la misma oficina M. Más tarde, Ani se casó y no volví a verla. Desde que nos conocimos, había entre nosotras, en el fondo, más amabilidad que propiamente amistad. Por eso, sentí muy poco su ausencia cuando, después de su casamiento, ella fue a vivir al barrio elegante de las villas, lejos del mío.
Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en septiembre de 1937, recibí una carta de mi madre en la que me decía: "Anita N murió en un accidente automovilístico. La sepultaron ayer en Wald Friendhof". Me impresioné mucho con la noticia. Sabía que mi amiga no había sido propiamente religiosa. ¿Estaría preparada para presentarse ante Dios? ¿En qué estado la habría encontrado su muerte súbita? Al día siguiente escuché misa, comulgué por la intención de Anita, en la casa del pensionado de las hermanas, donde estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno descanso, y por esta misma intención ofrecí la Santa Comunión.
Durante todo el día percibí un cierto malestar, que fue aumentando por la tarde. Dormí inquieta. Me desperté de improviso, escuchando algo así como una sacudida en la puerta del cuarto. Encendí la luz. El reloj indicaba las doce y diez minutos. Nada. Tampoco ruidos. Tan solo las olas del Lago de Garda golpeando monótonas contra el muro del jardín del pensionado. No había viento. Yo conservaba la impresión de que al despertar encontraría, además de los golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al que producía mi jefe de la oficina, cuando de mal humor tiraba sobre mi escritorio una carta que lo molestaba. Reflexioné un instante si debía levantarme. ¡No! Todo no es más que sugestión, me dije. Mi fantasía está sobresaltada por la noticia de la muerte. Me di vuelta en la cama, recé algunos Padrenuestros por las ánimas y me dormí de nuevo.
Soñé entonces que me levantaba de mañana, a las 6, yendo a la capilla. Al abrir la puerta del cuarto, me encontré con una cantidad de hojas de carta. Levantarlas, reconocer la letra de Anita y dar un grito, fue cosa de un segundo. Temblando, las sostuve en mis manos. Confieso que quedé tan aterrorizada que no pude rezar. Apenas respiraba. Nada mejor que huir de allí, salir al aire libre. Me arreglé rápidamente, puse la carta dentro de mi cartera y salí en seguida. Subí por el tortuoso camino, entre olivos, laureles y quintas de la villa, más allá del conocido camino gardesano.
La mañana aparecía radiante. En los días anteriores, yo me detenía cada cien pasos, maravillada por la vista que ofrecían el lago y la Isla de Garda. El suavísimo azul del agua me refrescaba; como una niña que mira admirada a su abuelo, así contemplaba, extasiada, al ceniciento monte Baldo, que se levanta en la orilla opuesta del lago, hasta los 2.200 metros de altura. Ese día no tenía ojos para todo eso. Después de caminar un cuarto de hora, me dejé caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos cipreses, donde la víspera había leído con placer "La doncella Teresa". Por primera vez veía en los cipreses el símbolo de la muerte, algo en lo que antes no había pensado.
Tomé la carta. No tenía firma. Sin la menor duda, estaba escrita por Ani. No faltaba la gran "s", ni la "t" francesa, a la que se había acostumbrado en la oficina, para irritar al Sr. G. No era su estilo. Por lo menos, no era así como hablaba de costumbre. Lo habitual en ella era la conversación amable, la risa, subrayada por los ojos azules y su graciosa nariz...Sólo cuando discutíamos asuntos religiosos se volvía mordaz y caía en el tono rudo de la carta. Yo misma me siento envuelta por su excitada cadencia. Hela aquí, la Carta del Más Allá de Anita N., palabra por palabra, tal como la leí en el sueño.
La Carta
CLARA, NO RECES POR MÍ, ESTOY CONDENADA. Si te doy este aviso - es más, voy a hablarte largamente sobre esto - no creas que lo hago por amistad. Quienes estamos aquí ya no amamos a nadie. Lo hago como obligada. Es parte de la obra "de esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el bien". En realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre. No te extrañes de mis intenciones. Aquí, todos pensamos así. Nuestra voluntad está petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran "mal". Aún cuando pueda hacer algo "bien" (como yo lo hago ahora, abriéndote los ojos ante el infierno), no lo hago con recta intención.
¿Recuerdas? Hace cuatro años que nos conocimos, en M. Tenías 23 años y ya trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingresé. Varias veces me sacaste de apuros. Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí, principiante, me venían muy bien. Pero, ¿qué es "bueno"? Yo ponderaba, en aquel entonces, tu "caridad". Ridículo... Tus ayudas eran pura ostentación, algo que desde entonces sospechaba.
Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie. Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas lagunas. De acuerdo con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido. Por un descuido se produjo la desgracia de mi concepción. Mis hermanas tenían 14 y 16 años cuando vine al mundo. ¡Ojalá no hubiera nacido! Ojalá pudiera ahora aniquilarme, huir de estos tormentos! No hay placer comparable al de acabar mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios. Pero es necesario que exista. Es preciso que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.
Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia. Era mejor así. Mantenían relaciones con personas desvinculadas de la religión. Se conocieron en un baile, y se vieron "obligados" a casarse seis meses después. En la ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a mamá a la misa dominical unas pocas veces al año. Ella nunca me enseñó verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala. Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas. Todo es tormento. Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte en una llama incandescente.
Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos una gracia. Cómo me atormenta esto! No comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies. Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes, atormentados y llenos de odio. ¿Entiendes? Aquí bebemos el odio como si fuera agua. Nos odiamos unos a otros. Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero que lo comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza. Esto los hace indescriptiblemente felices. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos enfurece. Los hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creación y por la Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a hacerlo.
El creyente - te lo digo furiosa - que contempla, meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz, terminará por amarlo. Pero el alma a la que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino odiarlo, como nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad. Lo odia eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.
¿Comprendes ahora por qué el infierno dura eternamente? Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina. Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, aún con nosotros. Digo "contra mi voluntad" porque, aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo que querría. Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos. Debo también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar. Dios fue misericordioso con nosotros porque no permitió que derramáramos sobre la tierra el mal que hubiéramos querido hacer. Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.
Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a El más de lo que estamos, en este remoto lugar infernal. Eso disminuye el tormento. Cada paso más cerca de Dios me causaría una aflicción mayor que la que te produciría un paso más rumbo a una hoguera.
Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre pocos días antes de mi comunión: "Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es más que una burla". Casi me avergüenzo de tu desagrado. Ahora me río. Lo único razonable de toda aquella comedia era que se permitiera comulgar a los niños a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces, bastante poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a un lado las cosas religiosas. No tomé en serio la comunión. La nueva costumbre de permitir a los niños que reciban su primera comunión a los 7 años nos produce furor. Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión. Es necesario que los niños hayan cometido algunos pecados mortales. La blanca Hostia será menos perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor, frutos del bautismo - escupo sobre todo esto - todavía están vivos en el corazón del niño.
¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la tierra? Vuelvo a mi padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas veces te lo dije, porque me avergonzaba. Qué cosa ridícula la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo. Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo hacía en el cuarto contiguo, donde podía volver a cualquier hora de la noche. Bebía mucho y se gastó nuestra fortuna. Mis hermanas estaban empleadas, decían que necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar. Durante el último año de su vida, papá la golpeó muchas veces, cuando ella no quería darle dinero. Conmigo, él siempre fue amable. Un día te conté un capricho del que quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de mí? Cuando devolví dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no era bastante moderna.
En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable. Hoy, sin embargo, debes saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu que me atormenta se acercó a mí. Yo dormía en el cuarto de mamá. Su respiración regular revelaba un sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar mi nombre. Una voz desconocida murmuró: "¿Qué ocurrirá si muere tu padre?"
Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre. En realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de gracia. No era ése mi caso. "Ciertamente, él no morirá", le respondí al misterioso interlocutor. Tras una breve pausa, escuché la misma pregunta. "El no va a morir!", repliqué con brusquedad.
Por tercera vez, me preguntaron: "Qué ocurrirá si muere tu padre?". Me representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia: "Bien, es lo que se merece. ¡Que muera!". Después, todo quedó en silencio.
A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el cuarto de papá, encontró la puerta cerrada. Al mediodía, la abrieron por la fuerza. Papá, semidesnudo, estaba muerto sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano, debió sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo que estaba enfermo. (¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtención de más tiempo y ocasión de convertirse?).
Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de jóvenes. Nunca te oculté que consideraba demasiado "parroquiales" las instrucciones de las dos directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante divertidos. Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante. Eso era lo que me gustaba. También me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar algunas veces a confesar y comulgar. Para decir la verdad, no tenía nada para confesar. Los pensamientos y las palabras no significaban nada para mí. Y para acciones más groseras todavía no estaba madura.
Un día me llamaste la atención: "Ana, si no rezas más, te perderás". Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad. Sin duda tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron, o rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso decisivo. Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado infaliblemente en sus manos.
Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto más de tanta rabia. Rezar es lo más fácil que se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación. Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello. Durante los últimos años de mi vida ya no rezaba más, privándome así de las gracias, sin las que nadie se puede salvar.
Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la recibiéramos, la rechazaríamos con escarnio. Todas las vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta otra vida. En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al pecado. Muchas veces caí por debilidad; pocas, por maldad. Con la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e inalterable. A medida que se avanza en edad, los cambios se hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada, antes del tránsito final, con los últimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta según las costumbres de toda su vida.
El hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza. Es ésta la que lo arrastra en el momento supremo. Así ocurrió conmigo. Viví años enteros apartada de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme más. Muchas veces me invitaste para que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer aumentar mis dudas interiores? Finalmente, tengo que dejar constancia de lo siguiente: al llegar a este punto crítico, poco antes de salir de la "Asociación de Jóvenes", me habría sido muy difícil cambiar de rumbo. Me sentía insegura y desdichada. Pero frente a la conversión se levantaba una muralla.
No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la solución era tan simple, que un día me dijiste: "Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo volverá a ser normal". Me daba cuenta que sería así. Pero el mundo, el demonio y la carne, me retenían demasiado firme entre sus garras. Nunca creí en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa poderosamente sobre las personas que están en las condiciones en que yo me encontraba entonces. Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco a poco.
Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están poseídos internamente por el demonio. El demonio no puede arrebatar el libre albedrío de los que se abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su casi total apostasía, Dios permite que el "maligno" se anide en ellos. Yo también odio al demonio. Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el principio de los tiempos. Son millones, vagando por la tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no los perciben. A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.
Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan aún más sus tormentos. Pero, ¡de qué no es capaz el odio! Aunque andaba por caminos tortuosos, Dios me buscaba. Yo preparaba el camino para la gracia, con actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una inclinación de mi temperamento. A veces, Dios me atraía a una Iglesia. Allí, sentía una cierta nostalgia. Cuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad, los atractivos de Dios actuaban poderosamente. Una vez fue en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía. Quedé tan impresionada, que estuve sólo a un paso de mi conversión. Lloraba. Pero, en seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un torrente sobre la gracia. Las espinas ahogaron el trigo. Con la explicación de que la religión es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también esta gracia, como todas las otras.
En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza. Pensaste que eso lo hacía por pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de creer en la presencia de Cristo en el Sacramento. Ahora creo, aunque sólo materialmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas señales y efectos se perciben. En este interín, me había fabricado mi propia religión. Me gustó la opinión generalizada en la oficina, de que después de la muerte el alma volvería a este mundo en otro ser, reencarnándose sucesivamente, sin llegar nunca al fin.
Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del más allá. Imaginé haberlo hecho inofensivo. ¿Por qué no me recordaste la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, en la que el narrador, Cristo, envió después de la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo? Pero, ¿qué habrías conseguido? No mucho más de lo que conseguiste con todos tus otros discursos beatos. Poco a poco me fui fabricando un dios: con atributos suficientes para ser llamado así. Bastante lejos de mí, como para que no me obligara a tener relaciones con él. Suficientemente confuso, como para poder transformarlo a mi antojo. De este modo, sin cambiar de religión, yo podía imaginarlo como el dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como un dios solitario.
Este "dios" no tenía Cielo para premiarme, ni infierno para asustarme. Yo lo dejaba en paz. En esto consistía mi culto de adoración. Es fácil creer en lo que agrada. Con el transcurso de los años, estaba bastante persuadida de mi religión. Se vivía bien así, sin molestias. Sólo una cosa podría haber roto mi suficiencia: un dolor profundo y prolongado. Pero este sufrimiento no llegó. ¿Comprendes ahora el significado de "Dios castiga a aquellos que ama"? Durante un domingo de julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un paseo de A. Me gustaban las excursiones, pero no los discursos insípidos y demás beaterías. Otra imagen, muy diferente de la de Nuestra Señora de las Gracias de A., estaba desde hacía poco en el altar de mi corazón. Era el distinguido Max, del almacén de al lado. Ya habíamos conversado entretenidos, varias veces. Justamente ese domingo me invitó a pasear. La otra, con la que acostumbraba a salir, estaba enferma en el hospital.
El había comprendido que lo miraba mucho. Pero yo no pensaba en casarme todavía. Su posición económica era muy buena, pero también demasiado amable con todas las otras jovencitas. En aquel entonces yo quería un hombre que me perteneciera exclusivamente, como única mujer. Siempre conservé una cierta educación natural. (Eso es verdad. A pesar de su indiferencia religiosa, Ani tenía algo noble en su persona. Me desconcierta que también las personas "honestas" puedan caer en el infierno, si son deshonestas al huir del encuentro con Dios).
En ese paseo, Max me colmó de amabilidades. Nuestras conversaciones, es claro, no eran sobre la vida de los santos, como las de ustedes. Al día siguiente, en la oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la Asociación. Cuando te conté mi diversión del domingo, tu primera pregunta fue: "¿Escuchaste Misa?". Tonta! ¿Cómo podríamos ir a Misa si salimos a las 6 de la mañana? Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: "El buen Dios no es tan mezquino como lo son los curas". Ahora debo confesar que Dios, a pesar de su infinita bondad, considera todo con más seriedad que todos los sacerdotes juntos. Después de este primer paseo con Max, fui solamente una vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad. Algunas cosas me atraían. Pero en mi interior, ya me había separado de todas ustedes.
Los bailes, el cine, los paseos, continuaban. A veces peleábamos con Max, pero yo sabía cómo retenerlo. Odié mucho a mi rival que, al salir del hospital, se puso furiosa. En realidad, eso me favoreció. La calma distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en Max, que se inclinó definitivamente por mí. Conseguí encontrar la forma de denigrarla. Me expresaba con calma: por fuera, realidades objetivas, por dentro, vomitando hiel. Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al infierno. Son diabólicos, en el sentido estricto del término. ¿Por qué te cuento todo esto? Para explicarte que así me aparté definitivamente de Dios. En realidad, Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la familiaridad. Me daba cuenta que me rebajaría a sus ojos si le concedía toda la libertad antes de tiempo. Por eso, supe controlarme. Realmente, yo estaba siempre dispuesta para todo lo que consideraba útil. Tenía que conquistar a Max. Para eso, ningún precio era demasiado alto.
Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos teníamos valiosas cualidades que podíamos apreciar mutuamente. Yo era habilidosa, eficiente, de trato agradable. Retuve a Max con firmeza y conseguí, al menos durante los últimos meses antes del casamiento, ser la única que lo poseía. En eso consistió mi apostasía, en hacer mi dios con una criatura. En ninguna otra cosa puede realizarse más plenamente la apostasía como en el amor a una persona del otro sexo, cuando ese amor se ahoga en la materia. Esto es su encanto, su aguijón y su veneno. La "adoración" que tenía por Max se convirtió en mi religión. En ese tiempo, en la oficina, yo arremetía virulentamente contra los curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y demás estupideces.
Trataste de defender con una cierta inteligencia todo lo que yo atacada, aunque quizás sin sospechar que en realidad el problema no estaba en esas cosas. Lo que yo buscaba era un punto de apoyo. Todavía lo necesitaba para justificar racionalmente mi apostasía. Estaba sublevada contra Dios. No te dabas cuenta. Creías que todavía era católica. Por otra parte, yo quería ser llamada así; inclusive pagaba la contribución para el culto. Porque un cierto "reaseguro" nunca viene mal. Es posible que tus respuestas a veces dieran en el blanco. Pero no me alcanzaban, porque no te concedía razón. A raíz de estas relaciones sobre bases falsas, fue pequeño el dolor de nuestra separación, con motivo de mi casamiento.
Antes de casarme, me confesé y comulgué una vez más. Era una formalidad. Mi marido pensaba igual. Si era una formalidad, ¿por qué no cumplirla? Ustedes dicen que una comunión así es "indigna". Bien, después de esa comunión "indigna", logré un cierto sosiego en mi conciencia. Esa comunión fue la última. Nuestra vida conyugal transcurría, en general, en armonía. En casi todos los puntos teníamos la misma opinión. También en esto: no queríamos cargar con hijos. En realidad, mi marido quería tener uno, uno solo, naturalmente. Finalmente conseguí que él renunciara a ese deseo. Lo que más me gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las reuniones mundanas, los paseos en automóvil y otras distracciones. Fue un año de placer el que medió entre mi casamiento y mi muerte repentina.
Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos a los parientes de mi marido. Me avergonzaba de mi madre. Esos parientes se destacaban en la vida social, igual que nosotros. Pero en mi interior, sin embargo, nunca fui feliz. Había algo indeterminado que me corroía. Mi deseo era que, al llegar la muerte - la que sin duda demoraría mucho todavía - todo acabara. Ocurría tal como yo lo había escuchado de niña, durante una plática: Dios recompensa en este mundo toda obra buena que se haga. Si no puede premiarla en la otra vida, lo hace en la tierra. Inesperadamente, recibí una herencia de la tía Lote. Mi marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente aumentados. Así pude instalar, confortablemente, una casa nueva.
Mi religión estaba muriendo, como un resplandor crepuscular en un firmamento lejano. Los bares de la ciudad, los hoteles y los restaurantes por los que pasábamos en nuestros viajes, no nos acercaban a Dios. Todos los que los frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro, no de dentro hacia afuera. Si durante los viajes de vacaciones visitábamos una célebre catedral, tratábamos de divertirnos con el valor artístico de sus obras primas. Los sentimientos religiosos que irradiaban - especialmente las iglesias medievales - yo los neutralizaba criticando circunstancias accesorias de un hermano lego que nos guiaba, criticaba su negligencia en el aseo, criticaba el comercio de los piadosos monjes que fabricaban y vendían licor, criticaba el eterno repique de campanas llamando a los sagrados oficios, diciendo que el único fin era ganar dinero...
Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que me llamaba. Especialmente descargaba mi mal humor frente a algunas pinturas de la Edad Media representando al Infierno en libros, cementerios y otros lugares. Allí el demonio asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo, mientras sus compañeros, con largas colas, le traen más víctimas. Clara, el infierno puede ser dibujado, pero nunca exagerado! Siempre me burlaba del fuego del infierno. Acuérdate de una conversación durante la cual te puse un fósforo encendido bajo la nariz, preguntándote: "¿Así huele?"
Apagaste en seguida la llama. Aquí nadie consigue hacerlo. Te digo más: el fuego del que habla la Biblia no es el tormento de la consciencia. Fuego es fuego! Debe ser interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo: "Apartáos de mí, malditos, id al fuego eterno". Al pie de la letra! ¿Y cómo puede ser tocado un espíritu por el fuego material? Preguntarás. ¿Y cómo puede sufrir tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama? Tampoco tu alma se quema, mientras tanto el dolor lo sufre todo el individuo. Del mismo modo, nosotros estamos aquí espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de nuestras facultades. Nuestra alma carece de la agilidad que le sería natural; no podemos pensar ni querer lo que querríamos.
No te sorprendas de mis palabras. Es un misterio contrario a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir. Nuestro mayor tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios. ¿Cómo puede atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente? Mientras el cuchillo está sobre la mesa, no te impresiona. Le ves el filo, pero no lo sientes. Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor. Ahora, sentimos la pérdida de Dios. Antes, sólo pensábamos en ella.
No todas las almas sufren igual. Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la criatura de que abusó. Los católicos que se condenan sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores gracias. Los que tuvieron mayores conocimientos sufren más duramente que los que tuvieron menos. El que pecó por maldad sufre más que el que cayó por debilidad. Pero ninguno sufre más de lo que mereció. Oh, si esto no fuera verdad, tendría un motivo para odiar!
Un día me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habría sido revelado a una santa. Yo me reía, mientras me atrincheraba en esta reflexión: "siendo así, siempre tendré tiempos suficiente para volver atrás". Esta revelación es exacta. Antes de mi muerte repentina, es verdad, no conocía al infierno tal como es. Ningún ser humano lo conoce. Pero estaba perfectamente enterada de algo: "Si mueres, me decía, entrarás en la eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habrá que aguantar las consecuencias". Como te dije, no volví atrás. Perseveré en la misma dirección, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres actúan cuanto más envejecen.
Mi muerte ocurrió así: Hace una semana - digo según las cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis dolores, podría estar ardiendo en el infierno desde hace diez años - mi marido y yo salimos en otra excursión dominguera, que fue la última para mí. El día estaba radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces. Sin embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro. Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido contrario, a gran velocidad. Max perdió el control del vehículo. Jesús! Se escapó de mis labios, no como oración sino como grito. Sentí un dolor aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el sentido.
¡Qué extraño! Aquella misma mañana, sin explicación, había surgido en mi mente este pensamiento. "Por una vez, podrías ir a Misa". Era como una súplica. Un "¡no!" claro y decidido cortó el curso de la idea. "Con esas cosas tengo que terminar definitivamente". Es decir, asumí todas las consecuencias. Ahora las soporto.
Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes. La suerte de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos todos los que estamos aquí. Del resto de lo que ocurre en el mundo poseemos un conocimiento confuso. Sabemos lo que se refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives. Desperté de improviso en el momento de mi muerte. Me encontré inundada por una luz ofuscante. Era el mismo sitio donde había caído mi cadáver. Sucedió como en el teatro, cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena trágicamente iluminada. La escena de mi vida. Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma. Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud hasta el último "no" frente a Dios.
Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal para ver a la víctima exánime. ¿Arrepentirme? ¡Nunca! ¿Avergonzarme? ¡Jamás!
Mientras tanto, no conseguía permanecer bajo la mirada de Dios, a quien rechazaba. Sólo tenía una salida: la fuga. Así como Caín huyó del cadáver de Abel, así mi alma se proyectó lejos de esta visión de horror.
Este era el Juicio particular.
Habló el invisible juez: "APÁRTATE DE MI". De inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se despeñó al lugar del eterno tormento.

Epílogo de Clara:
Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno. Las últimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras. Cuando terminé de leer la última línea, la carta se convirtió en cenizas. ¿Qué es lo que escucho? En medio de los duros términos de las palabras que imaginaba haber leído, resonó el dulce tañido de una campana. Me desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto. La luz matinal entraba por la ventana. Las campanadas de las Avemarías llegaban de la iglesia parroquial. ¿Todo había sido un sueño?
Nunca había sentido antes en el Angelus tanto consuelo como después de ese sueño. Lentamente, fui rezando las oraciones. Entonces comprendí: la bendita Madre del Señor quiere defenderte. Venera a María filialmente, si no quieres tener el destino que te contó - aunque fuera en sueños - un alma que jamás verá a Dios. Temblando todavía por la visión nocturna, me levanté, me vestí con prisa y huí a la capilla de la casa. Mi corazón palpitaba con violencia. Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación. Quizás pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.
Una bondadosa señora de Budapest, un alma sacrificada, pequeña como una niña, miope, aún fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetración espiritual, me dijo por la tarde en el jardín: "Señorita, Nuestro Señor no quiere ser servido con excitación". Pero ella advertía que otra cosa me había excitado y aún me preocupaba. Agregó, bondadosamente: "Nada te turbe - conoces el aviso de Santa Teresa - nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta". Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma.
"Sólo Dios basta". Sí, El ha de bastarme, en éste o en el otro mundo. Quiero poseerlo allí un día, por más sacrificios que tenga que hacer aquí para vencer. No quiero caer en el infierno.

Algunas consideraciones finales
Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta: ¿Cómo puede haber recordado Clara con tal precisión todas las palabras de la carta de la condenada? Respondemos: quien hace lo más, puede hacer lo menos. Quien comienza una obra, puede también concluirla. Si la manifestación de ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido también una asistencia preternatural para escribir con exactitud todas las palabras leídas durante la visión.
La eternidad de las penas del infierno es un dogma. Seguramente, el más terrible de todos. Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras. Ver San Mateo XXV, 41 y 46; II a los Tesalonicenses, 1, 9; Judith XIII; Apocalipsis XIV, 11 y XX, 10; todos estos textos son irrefutables, en los que la expresión "eterno" no puede interpretarse como "largo o prolongado". De la conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo Nuestro Señor Jesucristo en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Allí se encuentra una descripción del infierno y del peligro de caer en él. No es otra la intención de este trabajo. Expresa también nuestra finalidad el siguiente consejo: "Vayamos al infierno mientras estemos vivos, para no caer allí después de la muerte".

martes, 2 de agosto de 2011

SAN ALFONSO Mª DE LIGORIO

SAN ALFONSO Mª DE LIGORIO Obispo, Confesor y Doctor de la Iglesia

n. 27 de septiembre de 1696 en Nápoles, Italia;
† 1 de agosto de 1787 en Nocera, Italia
Fiesta: 02 de agosto.

Patrono de los confesores; teólogos de moral; personas escrupulosas.
Protector contra los escrúpulos y la artritis.
Se lo invoca para que asista en la perseverancia final y en las vocaciones.

San Alfonso María de Ligorio,
pintura de Fausto Conti — Casa de los Padres Redentoristas, Roma

Con una carrera brillante y siendo el mejor partido del reino de Nápoles, San Alfonso lo abandona todo para dedicarse a la salvación de las almas, transformándose en un lucero de la Iglesia

La familia de Liguori o Ligorio existía en Nápoles desde antes de ser un Reino. José de Liguori aliaba la piedad a la valentía, y Ana Cavaliere era, por así decir, la propia paciencia y dulzura. De esta unión matrimonial nacía, el 27 de septiembre de 1696, Alfonso-María Cosme Damián Miguel de Liguori. A los nueve años fue admitido en la Congregación de Jóvenes Nobles del Oratorio; a los doce era un santo en miniatura, tal como fue formado por su madre: piadoso, recogido, amigo de las oraciones y enemigo obstinado del error. A los trece tocaba el clavicordio a la perfección; a los catorce emprendió viaje rumbo al doctorado, a través de la enmarañada floresta de las leyes napolitanas, compuestas de códigos heredados de diez pueblos diferentes. Rindió examen a los dieciséis años (la edad mínima era 20), y fue aprobado por unanimidad. A los dieciocho, entra en la Congregación de los Doctores —el colegio de abogados de la época— y en la década siguiente no perdió ninguna causa. No había partido ni carrera más brillantes. Su padre le puso dos princesas en su camino: a una, Dios la condujo al Carmelo, y la otra se apartó al no ser correspondida.

Resistencias enormes, uso de influencias, nada quiebra el llamado que una voz interior le hizo: “Deje el mundo y entréguese por entero a Mí”. A los 27 años, el primogénito de los Liguori cambia el hábito secular por el traje talar de Nuestro Señor.

Una élite de santos decididos

Como diácono-catequista y predicador, arrastraba a las personas e inflamaba en las almas el amor a Dios y el odio al pecado. Como sacerdote, tenía el don de hacer comprender a las almas la excelencia de la virginidad y el estado religioso. Después de una prédica suya quince jóvenes se decidieron por el claustro. Su palabra tenía tal poder que abatía a los pecadores más obstinados.

Sintiendo el llamado para fundar una congregación religosa —la futura congregación redentorista—, el primer esfuerzo para hacerlo claudica. Lo reintenta, convencido de que era voluntad de Dios. Nuevas esperanzas, nuevos tropiezos. Alfonso entendió que no debería tener una congregación con muchos miembros, sino con “una élite de santos decididos, como los apóstoles, a dar sus vidas para predicar el reino de Dios y salvar las almas”. De hecho en 1764, aún en vida del fundador, ¡la congregación contaba ya con siete miembros muertos en olor de santidad!
Confesaría, más tarde, que frecuentemente conversaba con la Madre de Dios, y que Ella le daba muchos consejos concernientes a asuntos de la congregación y le decía muchas cosas bellas.

El reino de Nápoles entero vio las maravillas de los nuevos misioneros y también los desastres. En 1737, una revolución de calumnias los obliga a huir. Hecho curioso, todos los cabecillas de aquella persecución tuvieron muertes que llamaron la atención: gritos pavorosos, atroces convulsiones, un miembro que se seca o que es devorado por los gusanos.

Su pasión: salvar almas

A los 54 años, el pueblo de Nápoles tenía bajo sus ojos a un verdadero santo, poderoso en obras y en palabras, humilde y dulce como el Maestro. A pesar de sus ocupaciones y preocupaciones, pasaba un tiempo considerable a lo pies del Santísimo Sacramento, donde preparaba los discursos y sacaba fuerzas para subir al púlpito, incluso cuando su cuerpo quebrado por la fatiga o por el sufrimiento parecía rehusarse.

Apóstol de un reino y fundador, tenía una pasión, que era la de salvar las almas, y que no le permitía tomarse un instante de reposo. Bajo la acción del fuego que lo devoraba, aumentaba siempre su campo de trabajo y de combate. El amor a Dios, aliado al voto heroico de nunca perder una fracción de tiempo, a no ser para el apostolado, centuplicaba sus fuerzas.

“Las Glorias de María”, escrito en homenaje a la Santísima Virgen, inauguraba su lucha anti-jansenista y anti-volteriana (Voltaire, 1694-1778, impío escritor francés).

Fundador, Obispo, orador, moralista, apologista, místico, era también poeta y artista, pues aún hoy, a través de los valles y montañas italianas, sus cánticos populares resuenan y conservan su juvenil frescor.
Cuando Alfonso leyó la carta del Papa nombrándolo obispo, quedó mudo, aterrado como un hombre alcanzado por un rayo. Gruesas lágrimas corrían de sus ojos. Sin perder tiempo, reunió todos los argumentos que a su parecer serían suficientes para que el Papa aceptara su renuncia: 66 años, enfermo, sordo, cojo, casi ciego, asmático. ¡Además del escándalo que daría a sus hermanos, viéndolo llevar la cruz y el báculo! De nada valió. El Papa tenía sus razones.

Como obispo de Santa Ágata, persiguió implacablemente el error donde se encontraba, hasta en los últimos refugios. Era dulce y paciente cuando se trataba de injurias personales, pero sentía en sí vivamente la afrenta a Dios y el daño causado a las almas, y actuaba en consecuencia. En dos años la diócesis sufrió una transformación completa. La piedad volvía a los santuarios, la palabra apostólica a las cátedras y la ciencia a los confesionarios.

Hasta los volcanes le obedecen

En 1768 es atacado por una fiebre misteriosa, y dolores fuertísimos se propagan por sus articulaciones, obligándolo a curvar la cabeza hasta recostar el mentón en el pecho. Como Dios le conservaba la inteligencia y la mano, escribe: “La verdad de la fe”, “Historia de la herejías y su refutación”, “Triunfo de la Iglesia”, “Consideraciones sobre la Pasión”, “Victoria de los Mártires”, etc.

En aquel cuerpo deshecho ardía siempre el corazón del apóstol. El fuego del celo se volvía día a día más ardiente. Un pedido suyo hizo llover; una Señal de la Cruz devolvió las lavas del Vesubio dentro del cráter.

Sus últimos años serían de grandes dolores y horripilantes tempestades. Si alguna vez Dios lo conducía al Tabor, sería apenas para ayudarlo a subir el Calvario. En 1770, el Papa, basado en falsos informes y hechos adulterados, firmó un decreto que significaba su exclusión de la Congregación. Recibió la noticia sereno, pero después sufrió una terrible tentación de desesperación, pensando que era por culpa de sus pecados.

Aislado del mundo por el enflaquecimiento del cuerpo y de los sentidos, extenuado por los largos sufrimientos y mortificaciones, cubierto de enfermedades, sordo, casi ciego, incapaz de moverse sin ayuda, no le quedaba a este anciano postrado en una silla de ruedas sino la llama siempre ardiente del divino amor.

Todos querían una reliquia

En la noche del alma no faltaron las tentaciones asustadoras contra la fe, la pureza, la humildad y la esperanza. Decía que se sentía como un hombre molido por los golpes de la justicia de Dios.

Sus últimos días fueron llenos de éxtasis, de dones sobrenaturales, de visión de las cosas ocultas, de discernimiento de los espíritus, de profecías y milagros. Cuando se supo que su enfermedad era mortal, las oraciones fueron incesantes, y también la búsqueda de cualquier cosa que le pertenecía, para ser conservada como reliquia.

El día 1º de agosto de 1787, en el momento en que las campanas tocaban el Angelus, entregaba su alma a Dios. Su cuerpo, a pesar del calor y de la gangrena que surgió en la herida que la mandíbula produjo en el pecho, y que precipitó su muerte, no exhalaba ningún mal olor y se mantuvo flexible. La multitud se aproximaba con rosarios, escapularios, medallas y flores, para transformarlas en reliquias.

San Alfonso María de Ligorio, desaparecía en las vísperas de la Revolución Francesa, que se abatió sobre los altares y los tronos y propagó el desprecio a Jesucristo, su Iglesia, sus sacerdotes y sus religiosos. Pero los santos no mueren: sus huesos, sus vestiduras, sus menores reliquias obran efectos que sobrepasan el poder de los reyes. Más de 50 personas fueron curadas, instantáneamente, por el simple contacto con alguna reliquia suya, en los años siguientes.

En la madrugada del 26 de mayo de 1839, 101 tiros de cañón anunciaban su solemne canonización por el Papa Gregorio XVI. Más tarde, el Bienaventurado Pío IX lo proclamaría como Doctor excelente, luz de la Santa Iglesia.

Fuente: http://www.fatima.org.pe/

Recomendamos de sus obras:
El Gran Medio de la Oracion
Preparación para la muerte

domingo, 19 de junio de 2011

El Misterio de la Santísima Trinidad por el Padre Pío


Del libro: Los Milagros del P. Pío, P. Luis Butera V.

Promociones Humanas, A.C. pgs.12-13


" 'Padre, no he venido a confesarme sino para que se me aclaren algunas dudas que me atormentan. Me turba, sobre todo, el misterio de la Santísima Trinidad'.

El padre, con sencillas palabras, comenzó a disipar las dudas: "Hija, ¿quién puede comprender y explicar los misterios de Dios? Se llaman misterios precisamente porque no pueden ser comprendidos por nuestra pequeña inteligencia. Podemos formarnos alguna idea con ejemplos. ¿Has visto alguna vez preparar la masa para hacer el pan? ¿qué hace el panadero? Toma la harina, la levadura y el agua. Son tres elementos distintos: la harina no es la levadura ni el agua; la levadura no es la harina ni el agua y el agua no es la harina ni la levadura. Se mezclan los tres elementos y se forma una sola sustancia. Por lo tanto, tres elementos distintos forman unidos una sola sustancia. Con esta masa se hacen tresa panes que tienen la misma sustancia pero distintos en la forma el uno del otro. Eso es, tres panes distintos el uno del otro pero una única sustancia.

Así se dice de Dios: Él es uno en la naturaleza, Trino en las personas iguales y distintas la una de la otra. El Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo; el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Son tres personas
iguales pero distintas. Sin embargo, son un solo Dios porque única e idéntica es la naturaleza de Dios".

Fuente: Corazones.org

Glória Patri, et Filio, et Spirítui Sancto.
Sicut erat in princípio, et nunc, et semper,
et in sáecula saeculórum. Amen.

sábado, 7 de mayo de 2011

Mes de Mayo, Mes de Nuestra Madre María


ACORDAOS


Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benigna mente. Amén.


BENDITA SEA TU PUREZA

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza. A Ti celestial princesa, Virgen Sagrada María, te ofrezco en este día, alma vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía. Amén.


BAJO TU AMPARO

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.


OFRECIMIENTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN

¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo Oh Madre de bondad, guardame y defiéndeme como a pertenencia y posesión tuya. Amén.


Algunos própositos que podemos tener para el mes de mayo:

1. Prontitud para el trabajo, empezando por levantarme sin pereza.
2. Examinar mi devoción a la Virgen y cómo la practico.
3. Examinar mi consagración a Cristo y a su Corazón.
4. Poner los medios para estar en gracia de Dios.
5. Estudiar cómo debo guardar la pureza de pensamiento y obras.
6. Procurar ser amable con los demás.
7. Reflexionar si cumplo lo que Dios quiere de mi.
8. Hablar de la Virgen.
9. Recordar algo que me desagrade de otros, y disculparlos.
10. Estar un rato comparando mi vida con la de María.
11. Hacer con especial cuidado el examen de la noche.
12. Hacer con especial cuidado el ofrecimiento de obras.
13. Comulgar pidiendo fortaleza en las tentaciones.
14. Proponer hacer los cinco primeros sábados.
15. Recitar con devoción el Ángelus.
16. Visitar algún enfermo.
17. Rezar todos los días las tres Avemarías al levantarme y acostarme.
18. Dar un donativo para alguna necesidad.
19. Encomendar a la Virgen mis dificultades y aceptar su decisión.
20. Pedir al Ángel de la guarda remordimiento por mis pecados de omisión.
21. Ofrecer algunas mortificaciones por el fruto de mi apostolado.
22. Ver si todas mis lecturas y espectáculos los aprobará la Virgen.
23. Revisar si en todas mis ocupaciones y diversiones imito a Cristo.
24. Pensar con alegría en el cielo, y prepararme para la muerte, quizá repentina.
25. Rezar el Rosario con devoción.

Fuente: Devocionario Católico.

sábado, 22 de enero de 2011

EJERCICIO DE LA BUENA MUERTE

(Especialmente recomendado por San Juan Bosco para el día de retiro mensual)

EL MOMENTO DECISIVO DE NUESTRA VIDA

Fuimos creados por Dios y debemos volver a Él. Nuestra vida es un viaje hacia la Casa del Padre que nos espera: una muerte santa nos abrirá las puertas del paraíso introduciéndonos en los esplendores eternos.

Por consiguiente el momento más importante y decisivo de la vida es la muerte: de ella depende nuestra eternidad. ¿Será para ir a una eternidad feliz o desgraciada? ¿Y si la muerte te sorprendiera ahora imprevistamente, estarías preparado para presentarte ante el tribunal de Dios?

Es por lo tanto muy conveniente, como lo recomendaba Don Bosco, que cada mes pienses en la muerte a fin de que puedas:

1. Revisar el estado de tu conciencia y las confesiones pasadas, especialmente las que has hecho en el mes anterior para quitar cualquier duda o incertidumbre,
2. Hacer una confesión y una comunión tan esmerada y fervorosa, como si fuera la última de tu vida,
3. Examinar los propósitos hechos en tus ejercicios espirituales y determinar el trabajo espiritual que debes hacer en el mes que comienza.

El pensamiento de la muerte no es motivo de tristeza sino de serenidad y de paz para el alma, luego de contento y alegría.
Nadie murió tan serenamente como Domingo Savio y Miguel Magone, cuya muerte fue “un sueño de alegría”. Ellos todos los meses hacían con toda fidelidad el ejercicio de la buena muerte. Para quien está en gracia de Dios, la muerte es un encuentro fraternal con Jesús, un abandono afectuoso y confiado en los brazos de un Padre infinitamente bueno.

Fuente: Devocionario Católico Tradicional

sábado, 1 de enero de 2011

Nuevo Año 2011

Gracias a Dios recibimos este año 2011 con vida, ahora bien está en nosotros querer seguir viviendo como en el 2010 o mejorar nuestras vidas en este 2011, nuestros proyectos de vida con Dios, con la familia, los amigos y seres queridos, acercarnos mas a Dios porque sin El nuestra vida está vacia y oscura, El es la guía y la luz de nuestros senderos y debemos mantener esa llama encendida con oración, actos de caridad, amor al prójimo, con la Santa Misa, tratar de vivir en santidad.

Muchas personas celebran este año nuevo con muchas cosas materiales nuevas, pero sin Dios en sus corazones, cuando es a El quien primeramente debemos agradar y agradecer la vida, el tiempo y todo cuanto tenemos.

Romanistas les desea que este año 2011 sea realmente provechoso, lleno de bendiciones y prosperidad para todos sus amigos, seguidores y lectores y que María Madre Nuestra al igual que Nuestro Señor Jesus reine en nuestros corazones siempre.

jueves, 23 de diciembre de 2010

El sentido de la Navidad

Nativity, Jean-Baptiste-Marie Pierre, 1714-1789, oil on canvas, 92 x 73 cm, Paris

¡Qué pena nos tiene que dar en estos días que se haya logrado difuminar totalmente, en todas partes, el sentido religioso de la Navidad! Se silencia olímpicamente que la Navidad es el Nacimiento del Hijo de Dios, del Creador, de nuestro Redentor, y se logra hacerlo de la manera más astuta y maliciosa: inundando todo con propagandas de regalos, de compras, de grandes almacenes; poniendo por todas partes el papá Noel consumista de los protestantes; explicando de mil maneras el «sentido de la Navidad», qué son las compras, el champán, la comida en familia, los regalos... ¿Y Nuestro Señor? ¡Ah!, pero ¿existió? Por eso, nosotros no podemos olvidar esta importantísima fiesta, y dejar de celebrarla cumplidamente por lo que es, por lo que vale: por ser el aniversario de nuestra Redención, de la hora feliz en que, después de más de cuatro mil años de espera impotente, de gemidos de liberación, de sufrimientos y de pecados, nos llega por fin el Salvador prometido. ¡Por fin! ¡¡Ya era hora!! ¡¡¡Bendito sea Dios y su Santísima Madre!!! ¿Qué sería de nosotros sin esa Navidad?
Dejemos que el mundo se afane por lo suyo; dejemos que Herodes se turbe; dejemos que en Jerusalén nadie se dé cuenta de nada, que cada cual esté en sus negocios, en sus placeres, en sus caprichos. Nosotros hagamos como María y José: toda nuestra atención esté puesta en ese Niño que ha de nacer, y ha de cambiar tan profundamente nuestra historia por su nacimiento. Hagamos como los pastores, que dejan todas las ovejas en el campo y corren a lo único importante: ver con los propios ojos al Salvador recién nacido, a quien encuentran... ¿en un palacio, rodeado de guardas, cuidado ricamente? No: en un pesebre, envuelto en pañales... Hagamos como los Magos, que se separan de todo, se van de su corte real, y todo lo sacrifican en aras de un Niño, al que deben buscar en Occidente, en la dirección de Jerusalén... Nadie les hace caso, pero ¿qué les importa? Ellos siguen su estrella, esa estrella que los conduce a Belén, y en Belén, a la casa en que encuentran a un Niño junto a su Madre y a San José, y sin embargo adoran en Él a Dios, ofreciéndole incienso, reconocen en Él al Rey del universo, ofrendándole oro, y confiesan su naturaleza mortal y pasible, presentándole mirra...

R.P. José María Mestre.


También recomendamos: Cita: Leonardo Castellani sobre la Natividad de Cristo. R.P. Leonado Castellani, tomado de El Evangelio de Jesucristo.

Sobre la liturgia de la Navidad:
El tiempo de Navidad. Celebración y prolongación de la Encarnación. R.P. Dom Andrés Azcárate, O.S.B. Abad del Monasterio de San Benito (Buenos Aires, Argentina). Tomado de su obra “La Flor de la Liturgia”.

Fuente: StatVeritas

¿De qué tenemos que alegrarnos en Navidad?

Muchos cristianos ya no tienen ni idea de lo que en realidad festejan el 24 de diciembre a la noche. El Acontecimiento más extraordinario de la Historia ha sido frecuentemente reducido a una excusa para la reunión familiar, comunicarse buenos deseos o hacerse mutuos regalos. Eso sin hablar del “merchandising” y el insufrible “cocacolero” Papá Noel.


Hace ya unos años se estrenó una “remake” de una película famosa de la década de los años ’40 que se llamaba “Milagro en la calle 34”. Tanto la primera como la versión más moderna de 1994 tuvieron mucho éxito. Además, sin demasiados ribetes cursis, apelaban a legítimos recursos sentimentales y alguna que otra lágrima se nos pudo haber escapado al verlas. Sin embargo… lo que a uno le llama la atención es la falsificación del espíritu navideño que uno puede comprobar en muchas de estas comedias familiares. ¿Cuál debería ser ese espíritu? Si hablamos del espíritu de algo, casi siempre nos queremos referir a lo esencial, al nudo de algo, lo más profundo. Algunos transforman esta fiesta en una especie de “jornada solidaria” por los que menos tienen. Y esto no estaría mal siempre y cuando tengamos claro el sentido profundo y último de esta fiesta cristiana.

¿Qué significa “Navidad”?

Uno de los signos más patentes de la deformación que está sufriendo la Navidad en nuestras sociedades secularizadas son las tarjetas que uno recibe. ¡Estoy harto de recibir palomitas de Picasso o las tarjetitas de UNICEF que, con sus dibujos estilo “naíf”, muestran niñitos jugando en un parque! De Cristo y el cristianismo…nada. Por su parte, con Papá Noel (cuya versión actual es un invento de la Coca-Cola en 1931) no nos va mucho mejor: “Santa Claus permite participar del ‘espíritu de la Navidad’ sin ponernos ante disyuntivas ético–religiosas ni, menos aún, hacernos entrar en contradicción con lo que somos o hacemos durante el resto del año.” (Rodríguez, 1997:118).


Y encima parece que en Navidad tenemos que estar alegres. ¿Alegres por qué, de qué? Y las respuestas podrían ser varias, pero ¿cuál tendría que ser el motivo real? ¿Porque se termina el año?, ¿porque es la hora del balance?, ¿porque nos vemos las caras con toda la familia, incluso después de haber cumplido con alguna ceremonia religiosa?, ¿por los regalos?, ¿por qué nos suscitamos mutuamente buenos sentimientos? Sabemos que el espíritu navideño no puede consistir ni en los regalos, ni en los adornos, ni en el árbol, ni siquiera en armar un pesebre. También sostenemos que la mayoría de la gente sabe que esos no deben ser los motivos de nuestra alegría, pero sabemos que la mayoría no sabe cuál es el motivo real. Alguien más avispado podrá llegar a decir: “Festejamos el nacimiento del Niño Dios y la llegada de la salvación al mundo”. El problema es que tengo toda la sensación de que muy pocos saben de qué nos viene a salvar. De hecho en la Universidad del Salvador hay alumnos que me preguntan: “¿Salvador de qué?”. En realidad muchos ni siquiera saben bien qué significa la palabra “Navidad”. Muy pocos sabrían contestar que “Navidad” significa en español “nacimiento de la vida” y que su declinación latina “nativitate” podría traducirse como “nacimiento de la vida para ti”. ¿De qué vida se habla aquí? De una nueva vida, de una promesa de salvación eterna, porque nuestra vida ahora sí, con Cristo, puede radicarse en el bien. Porque Jesús (que significa precisamente “Dios salva”) viene a salvarnos de una terrible situación de pecado, fruto de una misteriosa falta en el origen de los tiempos. Se trata de liberarnos de lo que los pensadores más lúcidos han caracterizado como la “condición humana”: una naturaleza herida y dañada en sus estructuras más íntimas, debilitada en su resistencia al mal. Es una impotencia objetiva, una incapacidad estructural, una esclavitud de la que el hombre no puede librarse por sí mismo, y, en consecuencia, no puede por sí mismo mantenerse en el bien sin caer tarde o temprano. A menos, claro, que… Dios venga a salvarnos. A menos que Dios nos capacite para el bien. Es lo que los teólogos han llamado con el nombre de gracia. Una fuerza sobrenatural que no es de este mundo y que nos capacita para el bien y para permanecer en él.


La verdadera alegría.

Así que éste es el verdadero motivo de nuestra alegría. Porque aquellos que nacimos enemigos de Dios, podemos volver a la amistad con él, porque los que estamos enfermos, podemos ser sanados, porque los que nacimos esclavos podemos ser liberados, porque los sometidos a la muerte, podemos resucitar con él. Por esto tenemos que estar alegres en Navidad. Porque Dios no nos ha abandonado a la muerte y a nuestras miserias. Porque Dios se ha metido en la historia humana de la manera más inaudita. Porque no es un cínico y frío observador. No somos parte de un experimento cósmico, pequeñas hormiguitas controladas por una prescindente e inhumana divinidad. Al contrario, el cristianismo es la más brutal confirmación del amor de Dios por su creatura humana. Esto debe ser el motivo de nuestra alegría más auténtica y profunda.

Cómo Hollywood falsifica las cosas.


¿Y la nueva versión de “Milagro en la calle 34” qué tiene que ver con todo esto? Todo y nada. Todo porque pretende hablar del “espíritu navideño” y nada porque no tiene nada que ver con lo que acabamos de reflexionar. Empezando por la absoluta falta de mención a Cristo y lo cristiano (solo unas vagas y confusas referencias a “la Iglesia”) y terminando con el diálogo más importante entre Papá Noel y uno de los protagonistas principales, la señora Walker, que culmina en esta frase totalmente contraria al verdadero espíritu navideño. Hablando de sí mismo “Santa Claus” le dice: “Soy un símbolo de la capacidad humana para suprimir el egoísmo y las tendencias hostiles que controlan la mayor parte de nuestras vidas”. Nada más equivocado. No hay tal capacidad humana. No hay tal capacidad para salvarnos de nosotros mismos. Si el Evangelio quiere decir “Buena Noticia”, “Buena Nueva”, es porque previamente hay una Mala Noticia. Y esta es la de que el hombre no puede salvarse de su condición humana y de su miseria por sí mismo. Todos los totalitarismos y naturalismos lo han intentado y han fracasado miserablemente. La reacción del hombre autosuficiente de hoy frente al auténtico espíritu cristiano de la Navidad se parece a la de un joven atlético de 20 años al que se le dijera: “¡Te regalamos un transplante de corazón! Pero tenés que hacértelo ahora”. Su mirada, mezcla de asombro y terror, nos hablaría de su total rechazo. El hombre moderno se cree capaz de sanarse o sencillamente se considera sano. “Ningún Niño Dios tiene que venir a curarme de nada. En todo caso para eso tengo al psicoanálisis o a la new age”. Por eso, quizás, por haber olvidado o ignorado el verdadero sentido de esta fiesta, muchos se sorprenden a sí mismos hallándose tristes en Navidad. Y no entienden lo que les pasa.

Pablo Marini, revista “Tigris”, Diciembre de 2005.


Fuente: Stat Veritas

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Algunos pensamientos del padre Pío sobre la Navidad

La ternura de la Navidad

«Todas las fiestas de la Iglesia son hermosas… la Pascua, sí, es la glorificación… pero la Navidad posee una ternura, una dulzura infantil que me atrapa todo el corazón»


Lágrimas de gratitud

«¡Qué feliz me hace Jesús! ¡Qué suave es su espíritu! Pero yo me confundo y sólo consigo rezar y repetir: “Jesús, pan mío”»


Los vagidos de Jesús

«Sólo se oyen los vagidos y el llanto del niño Dios y con este llanto y estos vagidos ofrece a la justicia divina el primer rescate de nuestra reconciliación …»


El más pequeño de nosotros

«Que el Niño Jesús te colme de sus divinos carismas, te haga probar las alegrías de los pastores y de los ángeles y te revista todo con el fuego de esa caridad por la que se hizo el más pequeño de nosotros, y te convierta en un niño pequeño lleno de amabilidad, sencillez y amor»


Dulcísimo Jesús

«Que el dulcísimo Niño Jesús os traiga todas las gracias, todas las bendiciones, todas las sonrisas que plazca a su infinita bondad...»


Jesús llama... movidos por su gracia corren

«Jesús llama a los pobres y sencillos pastores por medio de los ángeles para manifestarse a ellos. Llama a los sabios por medio de su misma ciencia. Y todos, movidos por el influjo interior de su gracia, corren hacia él para adorarle. Nos llama a todos con las inspiraciones divinas y se comunica a nosotros con su gracia»

La justificación de los pecadores

«Nuestra justificación es un milagro extremadamente grande que la Sagrada Escritura compara con la resurrección del Maestro divino. Sí, querida amiga, la justificación de nuestra impiedad es tal que bien podemos decir que Dios mostró su potencia más en nuestra conversión que en sacar de la nada el cielo y la tierra, pues hay más contraposición entre el pecador y la gracia que entre la nada y el ser. La nada está menos lejos de Dios que el pecador. Además, en la creación se trata del orden natural; en la justificación del impío, en cambio, se trata del orden sobrenatural y divino»


Jesús es con mayor razón para los pecadores

«Jesús es de todos, pero lo es con mayor razón para los pecadores. Nos lo dice él mismo: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos”. “El Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido”. “Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión”»


... lo hace para que seas más humilde

«Nuestro Señor te ama tiernamente, hija mía. Y si no te hace sentir la dulzura de su amor, lo hace para que seas más humilde y te sientas despreciable. No dejes por ello de recurrir a su santa benignidad con toda confianza, especialmente en el tiempo en el que nos lo representamos como cuando era un niño pequeño en Belén. Porque, hija mía, ¿para qué toma esta dulce, amable condición de niño si no es para provocarnos a amarlo confidentemente y a entregarnos amorosamente a él?»


Pidamos que nos revista de humildad

«Pidamos al Niño divino que nos revista de humildad, porque sólo con esta virtud podemos gustar este misterio relleno de divinas ternuras»

Fuente: 30 Giorni

martes, 15 de junio de 2010

Gracias padre!

Varios sacerdotes abusaron de mi...

Cuando era muy niño, sin tener conciencia, sin libertad, sin poderme defender, uno de ellos me hizo hijo de Dios, heredero de la Vida Eterna, Templo del Espìritu Santo y miembro de la Iglesia, nunca podrè perdonarle haberme hecho tanto bien.

Otro, insistiò en mis años tiernos, en inculcarme violentando mi voluntad, el respeto por el Nombre de Dios, la necesidad absoluta de la oraciòn diaria, la obediencia y la reverencia a mis padres, el amor por mi Patria y me enseñò la utopìa de no mentir, no robar, no hablar mal de otros, perdonar y todas esas cosas que nos hacen tan mojigatos y ridìculos...

Otro apereciò aludiendo que el espìritu Santo, debìa venir a completar la obra comenzada en el Bautismo, que me harìan falta sus dones y sus frutos, que ya era hora de que viniera en mi ayuda Aquel que me harìa defender la Fe, como un soldado ¡Què osadìa hablar en tèrminos tan bèlicos!, hizo en esa època que cuidara mi alma de las "suciedades" del mundo, que fuera noble, leal y honesto...

Otro abusò dàndome libros para leer, no le bastaban sus consejos, que hacìan poner la mirada en la eternidad y vivir como extraños aquì en la tierra, ¿Quièn sacarà ahora de mi cabeza "Los cuatro Evangelios", "Las glorias de Marìa", "La imitaciòn de Cristo", "Las confesiones", "Las Moradas" , etc.?, ¿Quièn serà capàz de curarme de todos esos tesoros que me marcaron para siempre?.

Otro abusò de mi ignorancia enseñàndome cosas que no sabìa, otro no hablaba pero su vida virtuosa me inclinaba cada vez mas a imitarlo. Hubo algunos que se aprovecharon de mi en momentos inesperados y me corrigieron, me alentaron y hasta rezaron por mì.

Otros, cuando yo ya estaba en un cìrculo del cual no podìa salir, se empecinaron con mi naturaleza caìda y me incitaron a recibir a Jesucristo en su Cuerpo y Sangre, para resistir a los embates del enemigo, para fortalecer mi flaqueza y santificarme cada dìa mas. Aunque para aquel que lea esta denuncia, le parezca que esto ya es demasiado y que màs bien no se puede hacer, les digo que los abusos siguieron en aumento y todo pasò a mayores, cada vez que conocìa a un sacerdote, se aprovechaba de mi con renovados mètodos, reliquias, estampas, agua bendita, rosarios, bendiciones y oraciones de todo tipo, armaban una càrcel de tremendos beneficios que llegaron al lìmite de lo soportable.

Quiero dejar claro esta injusticia llena de perversidad y que atiendan a mi reclamo en esta denuncia, por que sè que algunos de ellos me estarà esperando para seguir con esta iniquidad, sentado en un confesonario o a lado de mi cama cuando estè moribundo y aunque desaparezca seguiràn abusando con sufragios por mi alma y sùplicas de misericordia. Quiero que se sumen a mi voz todos aquèllos que han sido vìctimas de estos atropellos y se han sentido ultrajados por estas personas, pues sè que a otros los han unido en matrimonio, a otros le descubrieron su vocaciòn, a otros hasta llegaron a ayudarlos materialmente o guardaron con llave en su corazòn para siempre secretos tremendos de sus miserias humanas.

Cuidèmonos gravemente de tratar con ellos, no les demos nuestros datos, no los miremos a los ojos, no les consultemos absolutamente nada, no sigamos ninguno de sus pasos, pues corremos el riesgo un dìa de caer en sus trampas y salvarnos.

P. Gustavo Caro

miércoles, 17 de marzo de 2010

Benedicencia

Ayuno de palabras inútiles

Acallar la propia vanidad y no pronunciar palabras que son incienso orgulloso del propio ego.


Autor: Álvaro Correa | Fuente: Catholic.net

Hace algunos años, los obispos franceses pidieron a los cristianos realizar un ayuno muy particular: renunciar a palabras inútiles y emplear palabras para dar testimonio.

Hoy retomamos el tema ya que quizás muchos no nos planteamos con seriedad qué palabras saltan el cerco de nuestros dientes -parafraseando al poeta Homero. Nuestro modo de pensar, a veces tan poco orientado, no deja espacio a una serena reflexión sobre las expresiones que utilizamos. Decimos lo primero que nos llega a la boca y después, vistas las consecuencias, nos viene el remordimiento de no haber dicho lo que deberíamos o de haber dicho lo que no deberíamos decir. Queremos entonces dar marcha atrás y pretendemos en vano arrancar al viento nuestras palabras.

¿Hay de verdad “palabras inútiles”? El hombre de pensamiento y juicio superficial diría que no, pero incluso los niños, en cuanto estrenan su uso de razón, se dan cuenta de que ciertas palabras y expresiones “no las deben decir”. Tal vez, con la mano sobre el pecho, cada quien debería reconocer la ristra de “palabras inútiles” que ha pronunciado y que giran el mundo hiriendo a todo pobre mortal que cruza por su camino.

“La Cuaresma es un momento privilegiado de búsqueda de sentido” -dicen los obispos franceses. Es ciertamente un camino de preparación hacia la Pascua, en el que buscamos caminar con mayor firmeza sobre las huellas de Cristo, obediente por amor hasta la muerte de cruz. La invitación a la penitencia, a la oración, y a las obras de caridad viene a tonificar el alma y a purificarla del pecado para mejor disponerla a “morir y resucitar con Cristo”.

El ayuno de “palabras inútiles” y la exhortación a emplear “palabras de testimonio” se insertan perfectamente en este triple camino de penitencia, de oración y de caridad.

Es en verdad una grande penitencia acallar la propia vanidad y no pronunciar palabras que son incienso orgulloso del propio ego. Duele también contener la respuesta acalorada ante una humillación o un insulto. Cuesta sujetar las críticas que saltan de la lengua como de un trampolín cuando uno es contrariado y la soberbia se yergue en desafío. Ya decía el apóstol Santiago que quien domina su lengua es “un varón perfecto”. Da pena ver cómo hay personas que se juzgan enraizadas en el círculo de sus amistades cuando su lengua se embarra con palabras soeces o expresiones de doble sentido. ¿Piensan que siendo malhablados serán mejor escuchados? Tal vez se sientan más seguras de sí mismas por sus palabras gruesas, pero uno queda sumamente incómodo al escucharlas. El condimento insustancial de las “palabras inútiles” no hacen más que desvelar una inmadurez humana y pobreza de espíritu.

Hablar lo justo, hablar bien, hablar educadamente es una conquista de hombres recios y de mujeres finas, con ideal y hondo aprecio por la dignidad propia y ajena. Esta penitencia invita además a cerrar oídos para que la lengua no aprenda lo que no debe decir. Hoy en día la televisión y el cine se han convertido en los maestros del léxico. Viene siendo algo habitual que los niños y jóvenes sean entretenidos por personajes que apuestan su simpatía en la vulgaridad. Y cuando se anuncia que el programa es “para mayores de 18 años” es casi infalible que habrá, además de escenas inconvenientes para todo hombre que se precie de tener un mínimo de rectitud y honestidad moral, una retahíla de expresiones indecentes, irrespetuosas e incluso obscenas. Es muy aconsejable para la Cuaresma el ayuno de todas estas palabras. El alma se ahorra una mala digestión.

Por otra parte, qué duda cabe que toda palabra respetuosa, ponderada y educada es una oración. Esta lengua nuestra no debe queda atada cuando hay mucho que decir y testimoniar sobre el amor de Dios y la vocación eterna del hombre. “De la riqueza del corazón habla la boca”, dijo Jesucristo. ¿Y quién no lleva en su propio corazón alguna riqueza? Hemos de hablar mucho, sin cansarnos, de todo el bien que se ve, que se sabe, que se oye y que se toca. Estamos rodeados de personas maravillosas y vivimos en un mundo incomparablemente bello. Todo es una poesía del amor de Dios. ¿Cómo se va a quedar muda la lengua? Bien sentenciaba san Agustín que “no podemos creer y quedarnos callados”. El amor coloca en la lengua la palabra feliz, justa, amistosa y rica. Una palabra o una expresión “inútil” sería aquella que procede sin amor del corazón, pues todo lo que no tiene amor es de verdad “inútil”. La oración del hombre que habla bien de y a los demás tiene su origen en el diálogo de la propia alma con Dios. Quien vive con el corazón en el cielo camina con respeto sagrado sobre la tierra. La lengua que ora aprende a alabar, bendecir, perdonar, disculpar y a ofrecer a los demás la palabra digna. Si cada cristiano y hombre de buena voluntad se empeña en purificar su vocabulario de acuerdo a su ideal de vida eterna, se dará cuenta de un resultado estupendo: no hay suficiente vocabulario para hacer el bien y es insuficiente el diccionario para expresar la alegría del alma. Por el contrario, bien se sabe, basta una sola “palabra inútil” para manchar una relación consigo mismo y con los demás.

La caridad de la Cuaresma también abraza nuestras expresiones. El diccionario de la Real Academia Española define la maledicencia como “el hábito de maldecir o denigrar”. Ésta es una herida mortal para el alma del cristiano. La persona maldiciente se coloca fuera del espíritu de caridad que Cristo nos ha dejado como su tesoro y testamento. Hay una brutal ruptura entre el ejemplo de Cristo y su doctrina de amor sin límites al prójimo, frente a la maledicencia que denigra la fama y el buen nombre de los demás. Por lo general, el maldiciente o dado a la crítica ataca como los traidores, siempre por la espalda, cuando su pobre víctima no se encuentra presente. La Cuaresma debe purificar este cáncer de la lengua y del corazón. Que las palabras no sean malas, sino buenas hasta que se pueda instaurar una sólida “benedicencia” que actúe como una estructura de nuestras amistades. Da pena escribir “benedicencia” entre comillas, pues el vocablo no está en el diccionario. La razón -según se expresaron los peritos- es porque se trata de una palabra que no usa la gente y como “el pueblo crea el vocabulario”.... Uno se sonroja leyendo en el diccionario la definición de las palabras usadas en los insultos y viendo que no existe el vocablo “benedicencia”. El pueblo, por lo visto, no habla bien.

Para las fiestas de la Pascua, Dios quiera que el Resucitado escuche de nuestros labios las palabras que son dignas de un hombre y de una mujer preparados para participar de su triunfo sobre el mal y la muerte.

(Gracias P. José)